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El estudio y análisis de las músicas tradicionales en el Caribe colombiano no es tarea fácil, debido a lo complejo en la cantidad de ritmos, estilos, tradiciones perdidas, desaparición de grandes juglares, falta de apoyo en gestiones culturales, poca documentación literaria y audiovisual y lamentablemente en los últimos años la difícil investigación de campo por asuntos de orden público en la región.
No obstante, en la última década ha habido un movimiento por el rescate,
conservación y proyección de estas manifestaciones populares. Es conocida la
trayectoria de los Gaiteros de San Jacinto, quienes por los años 50 en cabeza de
Toño Fernández y los Hermanos Juan y José Lara entre otros, lograron difundir la
música tradicional de los Montes de María en muchos rincones del planeta y a lo
largo de la geografía nacional, con sus gaitas y tambores que para ese entonces
deslumbraban y sorprendían a un público que jamás había tenido contacto con ese
tipo de música. Sin duda, hay que reconocer a dos grandes impulsores de las
tradiciones afrocolombianas, la maestra Delia y su hermano el médico y escritor
cordobés Manuel Zapata Olivella, quienes se atrevieron a mostrarle a Colombia y
al mundo otras facetas culturales antes discriminadas y en muchos casos no
conocidas.
Para la industria discográfica, las músicas tradicionales no representaban utilidades en las ventas, no era música comercial, considerada monótona y diabólica, estaba enfocada para clases sociales bajas y rurales.
Los maestros Silvestre Julio y Medardo Padilla llevan al acetato por primera vez los sones de las gaitas y los tambores, presionados por las disqueras a un estilo comercial, y así, paulatinamente estas agrupaciones típicas iban incursionando en el ámbito farandulero, especialmente en la Costa Atlántica.
A principio de los años 90 Sonia Bazanta, conocida como Totó la Momposina
realiza su primera producción discográfica bajo asesoría europea y colombiana,
la acogida fue total, los tambores afrocolombianos ponían a gozar a los rumberos
de todos los estratos sociales.
Pero el fenómeno revolucionario del samario Carlos Vives a mediado de los noventas al incluir en su formato de conjunto vallenato la gaita interpretada por la cartagenera Maite Montero y un set de tambores de la costa, produjo que tanto jóvenes y adultos de todo el país volcaran sus ojos al estudio y comprensión de las músicas tradicionales costeñas. Hoy no es extraño ver conjuntos de gaitas y cañamilleros en los centros de Bogotá, Medellín, Bucaramanga y otras urbes colombianas, tanto es así, que en la capital colombiana han llegado en los últimos años cualquier cantidad de músicos costeños en busca de mejores horizontes, maestros de la talla de Juan “Chuchita” Fernández, Nicolás Hernández, Toño García, Rafael Castro, José Plata, Freddy Arrieta, los hermanos Orlando y Dionisio Yepes, Sixto Silgado “Paito”, Jesús Sayas entre otros, convirtiéndola prácticamente en “Capital gaitera de Colombia”, tal vez, irónicamente se valora más esta música que en la misma Costa Atlántica.
Desde luego que en el interior del país se ha polarizado la tendencia a creer que sólo la música de gaitas es lo más representativo de la música tradicional de Caribe colombiano, mientras los otros aires como la cumbia, el garabato, son de negro, bullerengue, bailes cantados, mapale, etc., se prestan más para acompañamiento de danzas y en algunos casos para fusionarlos con bandas de rock, jazz y pop, como parece ser la nueva tendencia.
Petrona Martínez ya es figura nacional e internacional, conserva su línea tradicional con sones de bullerengue, chalupa, son de negro y otras propuestas musicales.
El dilema y la discusión sigue latente entre vanguardistas de avanzada quienes sostienen que las músicas tradicionales deben “modernizarse”, comercializarse, fusionarse e incluir nuevas sonoridades, so pena de quedar en el anonimato o reducidas a un público parroquial, mientras los puristas o conservadores en cambio luchan por mantener su cultura ancestral, un estilo no contaminado por influencias foráneas, típico, vernáculo.
De cualquier forma, siempre que tratemos de estudiar los orígenes de la música tradicional del Caribe colombiano necesariamente debemos hablar en tiempo hipotético, relativo, supuesto, y nunca afirmar que ésta o aquélla es la última palabra. Nuestro pasado sigue siendo oscuro, por lo tanto, este análisis es una simple aproximación y acercamiento de lo que probablemente pudo haber sido, desde una perspectiva histórica, técnica, socioeconómica, una contribución a la divulgación de una parte de nuestra rica cultura musical costeña.
Desafortunadamente no ha habido una convención entre grandes exponentes,
cultores, investigadores, escritores, etc., en lo referente a la
conceptualización de terminología. Aún hoy existe confusión si a estas
manifestaciones se les podría llamar músicas tradicionales, folclóricas,
campesinas, mulatas, mestizas, etc. Sea cual fuere el significado, seguiremos
denominando música tradicional a los complejos de bailes cantados, conjuntos de
gaitas y conjunto de cañamilleros básicamente, es música que se ha transmitido a
través de las generaciones por tradición oral, son expresiones espontáneas
propias de los pueblos que las cultivan como una manera de reafirmar su
identidad, sus costumbres, valores, creencias, y que hoy en día se trate de
estudiarlas de una forma sistematizada, académica es parte de la pedagogía y
maneras de masificarlas para que continúe vigente ya en lo rural o en lo urbano.
Para comprender la esencia de las músicas tradicionales es necesario revisar la historia, estudiar el entorno social, económico, cultural, étnico, etc. Para el presente esbozo se tiene como referencia reseñas bibliográficas, testimonios orales, investigación de campo, transcripciones, material audiovisual, etc.
Una clasificación o cuadro taxonómico acerca del origen cronológico de las músicas tradicionales sigue siendo tema controversial entre investigadores. Si bien la mayoría coincidimos en afirmar que lo primero que hubo fue la música indígena porque fueron los primeros habitantes del territorio americano durante muchos siglos y cuya información nos la hemos de suponer, era una música de esencia ritual, interpretada con instrumentos de la madre naturaleza, aerófonos como las gaitas o pitos cabeza de cera, llamadas así por los colonizadores españoles por parecerse a las Rhaitas o Alghaitas precursoras del oboe, y que algunas comunidades indígenas llamaban (suarras, supé, chuana, kuisi, chicote, etc.), idiófonos como sonajeros, maracas, guacharacas, etc., membranófonos de una y doble membrana.
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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .
(Músico pedagogo)
CONTACTOS: marmusico@hotmail.com - Bogotá Colombia
www.musicalafrolatino.com
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