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LA SOCIEDAD SECRETA ABAKUÁ

Por: Guillermo Carbó Ronderos
 

No pocos etnólogos y folklóristas cubanos y de otras latitudes han sentido alguna vez la compulsión de adentrarse en las prácticas y concepciones sacromágicas de la hermética y excluyente Sociedad Secreta Abakuá, atípica respecto a otros exponentes de la religiosidad popular afrocubana en más de un sentido.

Alrededor de los abakuá se fue tejiendo con el tiempo una leyenda oscura, que hablaba de venganzas, conjuras y tendencias a la criminalidad, reminiscente de las teorías lombrosianas. Mientras que en el peor de los casos, las manifestaciones de la regla de Ocha eran presentadas propagandísticamente ante la opinión “no iniciada”-por llamarla de alguna manera- como expresiones folklóricas, los abakuá eran descritos, en el mejor de los casos, como pertenecientes a una secta tan profano, que virtualmente nada de sus prácticas y ritos llegaba al profano, salvo aquellos hechos de sangre que se le atribuían.

Sin embargo, lo primero que llama la atención, si no quisiéramos creer sin cuestionamiento las aseveraciones formuladas acerca de esta sociedad por estudiosos del fenómeno afrocubano en el pasado y en el presente siglo, es que se trasladara de África a Cuba, en época tan temprana como el siglo XVI, una organización delictiva, cuando en su lugar de origen las leyes no escritas de la comunidad eran transgredidas sólo excepcional e individualmente. Hemos preferido, pues, examinar siquiera el medio africano donde aparece primero esta manifestación, y, después, someramente, las realidades cubanas en las que se desarrolló para tratar de encontrar una explicación seguramente menos cargada de perjuicios.

En un momento indeterminado de la historia de lo que hoy se conoce como Bigeria, pero seguramente anterior al siglo XII, un nutrido grupo de pueblos –los ekoi y los efik, entre ellos- se vio desplazado hacia el sur-sureste del territorio, asentándose en la región ubicada entre Camerún y la margen oriental del río Níger, denominada Calabar.

Ya en el siglo XII, Ifé era una floreciente ciudad-estado cuyo soberano, el oni, era reconocido como jefe religiosos de los otros conglomerados yoruba. Ifé se hallaba ubicada en la misma costa que el pueblo efik, algo más al norte de su asentamiento, y al oeste del pueblo ekoi, más apartado de la costa. Ambos pueblos estaban incluidos en la región no yoruba, notable por su desarrollo cultural, que necesariamente se correspondía con el estadio de relativo avance e cuanto a su organización socioeconómica. Al norte del Calabar, en efecto, transitaban las parsimoniosas caravanas transaharianas, cuyo paso forzosamente debe haberse hecho sentir inclusive entre los pueblos no aledaños a su ruta.

Puede decirse, pues, con poco riesgo de equivocación, que entre los siglos XII y XIII, los pueblos del Calabar habían dejado atrás las formaciones económico-sociales primarias, eran portadores del conocimiento de formas superiores de organización social (las mismas que los habían obligado a emigrar) y estaban en el momento de tránsito de un modelo de sociedad a otro.

Es precisamente ese momento de tránsito del matriarcado al patriarcado el que parece describir la mística abakuá. Pero también el continuo desarrollo registrado entre ellos en siglos posteriores, fue confiriendo a sus concepciones y ritos, las complejidades que hoy conocemos. Y a las cuales se añadieran otras producto de su trasplante forzoso a nuestra tierra y a su pervivencia en la ciudad contemporánea. Podría, en suma, ser considerada como una especie de historia novelada de los pueblos del Calabar.

A partir de las descripciones contenidas en el trabajo inédito Los abakuá (1969) de Teodoro Díaz Fabelo, se podría establecer una comparación entre la estructura de mando de las federaciones de mando de las federaciones de estados embrionarios, de carácter casi siempre militar, en la Nigeria protohistórica y las jerarquías religiosas abakuá, que pudiera graficarse como sigue:

 

Rey

=

Nasakó

selectivo y vitalicio)

=

(brujo: selectivo y vitalicio)

Nobleza o consejos de ancianos

=

Plazas mayores de las potencias

(hereditarios, abakuá por concesión o por elección, según el caso)

=

(electivas y vitalicias)

Reinos o estados tributarios

=

Potencias abakuá

 

Es obvio que esos estados en surgimiento tendían hacia la centralización y la unidad. Al seguir un camino diferente de los yoruba, menos centralizados en lo político y económico, y por ello aún politeístas, buscaron expresar esa tendencia en una religión monoteísta cuyo dios supremo era Abasí. Lo que Díaz Fabelo califica en el trabajo Los abakuá de tragedia de alto nivel, abarca la noción del poder político divinizado, propio de pueblos más primitivos, pero portador sobre todo de la unidad, y con ella, de la paz imprescindible para el progreso social.

Tal tragedia, conocida con el nombre de Sikanekue, tiene como protagonista a la bella Sikán, hija del rey del pueblo efor, quien accidentalmente atrapó y causó la muerte al sagrado pez Tanze, voz de Abasí, en el calabacín con que había ido al río por agua. por ello fue sacrificada por los hombres de su pueblo; su piel sirvió para cubrir la boca del primer Ekue, el tambor sagrado al que sólo puedan ver unos pocos elegidos. Para decribir cómo el hombre logró reproducir en el cuerpo de chivo que cubre el Ekue, el lúgubre bramido caracterizado de este instrumento, y que es la voz del mismo Abasí, don Fernando Ortiz inventó un vocablo “fragallar”.

La simbología de la historia es clara. El matriarcado (Sikán), formación económico-social más atrasada y, por ellos, más dispersa, fue superada (muerta) por el patriarcado que, no obstante, reconoce y en cierta forma reverencia el papel de la mujer aun en la nueva trama social, como fuente de vida y, por esto, de perpetuación. Y, puesto que su presencia e incorporación a esa sociedad era tanto imprescindible como inevitable, se le consagra como servidora de Ekue, es decir, de la unidad, del único dios, y de la perpetuación del modelo social representado por él.

El secreto de Ekue fue la mística unificadora que dio sentido a la estructura social jerarquizada ya existente. El concilio de Plazas mayores dictaba normas de conducta que regían la moral pública, la educación, la jurisprudencia (por darle un apelativo moderno a la entonces aún rudimentaria forma de legislar), y la gestión política y económica. Los pueblos se organizaron en potencias, juegos o tierras, comparables a células, cofradías y órdenes e la connotación religiosa de esos términos, que, en el orden político, podrían parangonarse con los reinos o estados tributarios, igual que es comparable el concilio de Plazas mayores con la nobleza o los concejos de ancianos. La jerarquización de la sociedad –y el carácter militar que muchas de ella conservaban- es completamente apreciable tanto en la delimitación de funciones de la Plazas, según sus diferentes grados de autoridad, como en la observancia de un estricto código de conducta.

Entre 19830 y 1936, los descendientes inmediatos de los pueblos carabalíes traídos a Cuba durante el siglo XVI formaron en la legalidad los primeros cabildos, que no eran sino una célula, de cada una de las dos grandes ramas abakuá trasladadas a nuestro país: la EFOR y la Efik, a partir de las cuales se originaron todas las demás. Aunque dispersos en toda la Isla por el régimen de explotación de la fuerza de trabajo esclava, sus principales concentraciones poblacionales estaban en Matanza y La Habana. Fue en estas provincias donde libertos y esclavos carabalíes organizaron estos cabildos, popularmente conocidos como Sociedades del Secreto de Ekue, cabildos o tierras abakuá, o potencias o juegos de ñañigos. La primea fue la de Bríkamo, compuesta por hombres procedentes del pueblo Efor.

Se sabía que los abakuá eran entidades sociales colectoras de dinero con vista a liberar a sus hermanos aun esclavizados y para socorrer a las viudas e hijos de sus miembros. Por eso, hacia mediados del siglo XIX, en momentos en que el régimen colonial se decomponía bajo el empuje del ansia libertadora cubana, las autoridades españolas tomaban las primeras medidas preventivas para cortar el acceso de los abakuá a la corriente independentista. Para ello fueron aprobadas la ley de 14 de noviembre 1842 y, tres decenios después, en plena Guerra de los Diez Años – muestra de que pervivía el temor a los abakuá por la naturaleza antiesclavista de su organización, que en la época estaba casi inevitablemente unida al irredentismo liberario –las de 2 de agosto de 1872 y 8 de enero de 1877.

No obstante ello, se tiene noticias de que entre 1830 y 1836 se elevaron a 40 las potencias existentes, que llegaron a 83 en 1881. en 1855 se formaban la primera hermandad abakuá de blancos, cuyas Plazas mayores fueron confirmadas en 1863. un cuarto de siglo después, nacían en el po baldo de regla la Potencia Efor Abakuá y, en la Habana, las de Ekoria Efor y Naroko Efor, también de blancos. Los cubanos, asevera Díaz Fabelo en su estudio sobre esta sociedad secreta, rompían las distancias clasistas y raciales en la colonia y se unían en el esfuerzo por la libertad nacional.

El orden colonial, temeroso del potencial de rebeldía de los abakuá, parece haber perseguido a los miembros de esta sociedad en la seudorrepública, en cuyo contexto fueron aún más vilipendiados y perseguidos que en la época colonial. Aunque en nuestro siglo, el machismo propio de las sociedades contemporáneas subdesarolladas parece haber encontrado un caldo de cultivo entre los abakuá, distorsionados en gran medida al naturaleza básica de hermandad de socorros mutuos, para tornarla, siquiera temporalmente, en asociaciones de “hombres probados” en el sentido más estrecho y primario del término; con el triunfo revolucionario de 1959 se recuperarían los mejores rasgos de la organización, cuyo primer empeño en nuestra tierra fuera la búsqueda de la justicia social y la libertad.

El carácter austero de los abakuá se refleja, entre otros aspectos, en la comida ritual el día que se “jura” – es decir, se inicia- un nuevo miembro de la Potencia. Esta ceremonia de iniciación es popularmente conocida como la salida de los diablitos o íremes. Es cuando se puede admirar el intrincado y elegante baile mímico de los creyentes, quienes, con sus gestos, depuran y despojan a los presente y se comunican con aquellos de sus predecesores ya fallecidos, que fueran miembros virtuosos de la Potencia.

En el redondel formado por los asistentes se colocan las grandes pailas de aceite hirviente en las cuales se echan las famosas y muy gustadas frituras de fríjol carita, mientras, de uno a otro, los asistentes se pasan una jícara con aguardiente. De antiguo, las frituras se hacían también de maíz, yuca y calabaza.

Para confeccionar las frituras o bollitos de fríjol carita, se pone el grano en remojo toda la noche. Al día siguiente, se lava varias veces, se pela, se escurre y se maja en un mortero con ajo, se bate la pasta un rato con sal, pimienta y un poco de agua y, por último, se fríe por cucharadas, con mucha manteca, en una freidera de hierro.

Para los iniciados, se sirve la bebida sacramental llamada aguañusosó, elaborada con aguardiente, sal, siete yerbas finas y bien picadas, la ralladura de siete maderas sagradas, maní, jengibre, plátano, ñame rallado y la sangre de los animales sacrificados, que son siempre chivos y gallos, cuando el iniciado bebe el aguañusosó, comulga con Abasí, con los espíritus de sus cofrades y sus hermanos.

Sin romper el circulo, creyentes e iniciados circulan una segunda jícara con el uriabón (es decir, con la comida ofrecida en el convite), no sin antes bailar alrededor del trazo hecho en el piso con pólvora y darle de comer a los muertos, y a los cuatro vientos de los cuatro puntos cardinales. Ya el Nasakó habrá probado y aprobado la comida elaborada por el Nkandembo, quien hiciera su mayor esfuerzo para que quedara apetitosa.

Esa comida se confecciona en una cazuela grande, a la cual se echa de todo lo que se ha servido como ofrenda: los ñames, los plátanos, los gallos o el chivo y, en pequeñísimas cantidades, para que no echen a perder el sabor, las yerbas, los palos, el tabaco, el yeso y la cascarilla. El encanto del Nkandembo radica, precisamente, en procurar la medida exacta de los ingredientes para no ofender el paladar. Quiere la leyenda que el primer Nasakó hizo la primera comida, y después encargó al primer Nkandembo continuar guisando por siempre la comida litúrgica.

Estos rituales se efectúan una vez al año y generalmente comienzan al filo de la medianoche para dar por terminada la iniciación antes del alba. Porque la fiesta “profana” se inicia a la salida del sol y finaliza al ocaso.

 

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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .

(Músico pedagogo)

CONTACTOS:  marmusico@hotmail.com  -  Bogotá   Colombia

www.musicalafrolatino.com  

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