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LA VIDA ES IMPOSIBLE SIN MÚSICA
Por: Sara Araújo Castro
El día en que nació, llegaron a su casa los miembros de la Banda Departamental de Córdoba, los Macumberos del Sinú, el compae Goyo y el maestro Alejo Durán. Venían a festejar el nacimiento del primogénito Zumaqué. El hijo de Francisco Zumaqué Nova, director de la banda, saxofonista, arreglista y compositor, nació en una cama de tijera, en la casa de su bisabuela, sobre la calle Cartagenita, detrás de la iglesia de Cereté, en Córdoba. La fiesta estuvo tan buena y duró tanto, que el bebé que llevaría el nombre de su padre no tuvo más opción que hacerse músico también.
Ahora, seis décadas más tarde, sentado frente al piano del Teatro Colón, viaja entre coletazos de las brisas del río Sinú y del Sena que baña París, para repasar su vida en voz alta con los indispensables tarareos de las melodías con las que creció y las que ha escrito. Temas que, como Sí, sí, Colombia, le han dado reconocimiento y lo han convertido en uno de los compositores más importantes del fin de siglo en nuestro país. Su repertorio es tan amplio que va desde óperas, oratorios, música sinfónica, hasta electrónica y electroacústica.
Así como su padre era un referente para los músicos de la región sabanera, por su talento y su macumba —ritmo musical creado por él, que mezcla el mapalé con la cumbia—, Zumaqué es el padre y el referente de la fusión musical colombiana. Fue el pionero de los ritmos, que por allá por los ochenta sonaban a porros y cumbiones con sabor de jazz y rock. Los primeros lances de lo que 15 años más tarde haría en un estilo roquero Carlos Vives con arreglos de Bernardo Ossa -discipulo de Zumaqué- y en jazz el saxofonista Toño Arnedo.
Nadie mejor que él, pupilo de Nadia Boulanger, conocida como la madre de la música americana —maestra de Piazzola, Aaron Copland, Leonard Bernstein, Virgil Thompson y Quincy Jones, entre otros monstruos de la música—, pero al mismo tiempo músico de profundas raíces colombianas, para componerle un canto a la música y para cerrar el concierto de la fiesta de tradición francesa que celebra cada 21 de junio el solsticio de verano.
El macumberito del Sinú
“Hay música cuando naces, hay música cuando mueres, hay música en la guerra y en la paz. Hay música si te casas y hay música si te vas”, tararea Zumaqué la letra de la canción que compuso como homenaje a esta fiesta francófona. Las palabras resumen la historia de su vida. Un niño que creció entre bombardinos, cobres y músicos que no dejaban de ensayar en su casa. De tanto oírlos, aprendió primero a corregir la afinación que a hablar, y no alcanzó a cumplir los nueve años cuando ya interpretaba la guitarra en un grupo que emulaba el de su padre: Los Macumberitos del Sinú, cuatro niños que con guitarra, dulzaina, guacharaca y tambores alegraban las tardes de los habitantes de Cereté.
A pesar de ser un compositor consagrado, cuando habla parece un muchacho. Tiene en el rostro cobrizo, iluminado por la sonrisa de la eterna juventud, esa expresión que delata algún ascendiente zenú, y el sabor a porro y merecumbé en la voz. Tararea su canción más recordada: “Sí, sí, Colombia... Sí, sí, Caribe...”. “No es folclor, pero lo lleva dentro —explica el maestro—. Por ejemplo, el grito de inicio es un grito de los cantos de vaquería; además, los arreglos recuerdan el sonido de la tuba en el porro”, en ese momento empieza a combinar sonidos con su voz para ilustrar cómo en esa canción se encierra lo más ancestral con lo más moderno.
Es la esencia de la macumbia, su creación, denominada así como homenaje a la macumba de su padre pero que hace referencia a su música, resultado de la fusión de sonidos autóctonos y contemporáneos.
“A los doce años dejé el grupo juvenil y pasé a dirigir la banda de mi papá. Con ellos, yo experimentaba sonidos nuevos, quería meter los sonidos de Gillespie y de Pérez Prado, quería llevar las trompetas a su máxima posibilidad de excelencia, no me conformaba con los sonidos de siempre”. El maestro Zumaqué Nova, el padre, sabía que era una novedad en la región que un muchachito de 13 años dirigiera, y lo dejó jugar al gran músico, incluso a pesar de sus compañeros que se quejaban de los arreglos del Lalis (como lo llamaban) cuando había tanto porro bueno por tocar.
Los aburría con sus experimentos, pero no podía ser diferente, todo había sido culpa del radio de onda corta que tenía su papá, que les había abierto las puertas de Cereté a los grandes del jazz como Stan Kenton, Duke Ellington o Gillespie, por un lado, y por el otro al son cubano y a las voces de México. “Yo creo que me convertí en el músico que soy a partir de la búsqueda de virtuosismo en la música popular de aquellos tiempos”, señala.
Ese virtuosismo lo buscó luego en Medellín junto al saxofonista Justo Almario, quien lo invitó a su grupo Di Lido; en el Conservatorio de Medellín y luego en el Conservatorio de la Universidad Nacional en Bogotá, en donde se ganó la beca que lo llevaría a París. Un viaje que lo acercó al maestro Rafael Puyana, quien hizo las veces de padrino y lo condujo hacia su maestra Nadia Boulanger. “El maestro Puyana, no sólo me la presentó, sino que me sirvió de patrocinador durante el año que tardó en llegar el dinero de la beca. Él y los toques en el barrio latino me mantuvieron en París”.
La musique... oui, oui
Sin embargo, al año de haber llegado se empezaron a ver importantes resultados, en 1971 Obtiene el "Gran premio de composición Lili Boulanger" con la obra Cumbiamba, y lo recibe tres años consecutivos. Y luego en 1974 le confieren una Mención al Premio "Prince Pierre Rainiero de Mónaco" con el II Cuarteto de cuerdas Fandango.
El resto es historia, música para voz, para orquesta, música electrónica y arreglos para música tradicional. Zumaqué es un convencido de que “la vida es imposible sin música”, por eso junto a su grupo, conformado por músicos del nivel de Carlos Piña, Ramón Benítez, Batanga, los hermanos Cuao, entre otros y a Sophia está dedicado a proyectos nuevos tanto musicales como de investigación a través del Taller de Utopías y a crear una nueva productora que respete lo musical, lo comercial y lo cultural.
Nadie mejor que él para celebrar la música en la vida y para cerrar el homenaje que se hace al arte de la melodía y el oido el próximo miércoles. Ese día se escuchará la música “macumbiera” del maestro Zumaqué. Entre tanto, por la séptima se encontrarán ritmos contemporáneos con salsa, música andina y jazz, que podrían parecerse a la fusión que hace Zumaqué, “pero no es lo mismo —explica— una mezcla de todos los ritmos que la fusión, en donde el músico siente en el alma lo propio y lo nuevo. Como decía Boulanger, ‘hay que poner en la música lo más profundo de uno’
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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .
(Músico pedagogo)
CONTACTOS: marmusico@hotmail.com - Bogotá Colombia
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