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Una historia musical de 103 años a punto de quedar en el olvido

EL PORRO SE RESISTE A MORIR

Por: Enrique Rivas G.


 

El domingo pasado, Juan Severiano Caro se levantó temprano a desempolvar su trompeta. Lo hizo como en sus tiempos mozos. Se cuidó para que los deslizamientos de la bayetilla sobre el opaco bronce fueran suaves y bien inspirados, como la música con la que conquistó a sus cinco mujeres en medio de porros, fandangos y ron. El anciano de 83 años quiso continuar el rito todo el día y evocar aquellos tiempos en los que la fama hacía levitar a los músicos en las tarimas de los pueblos. Pero no podía esquivar el compromiso de ir con sus viejos amigos a San Pelayo, el municipio donde el porro se hizo rey, y en el que se atrincheró como guerrero enloquecido para evitar la muerte que le decretaron otros ritmos.

 

Juan Severiano salió de La Madera, corregimiento en el que terminó jubilándose del arte al lado de José Ramos, Gabriel Galeano y Ramón Jiménez, tres de los pocos que quedan de una generación de músicos que a lomo de burro, hace casi 70 años, recorrieron toda la costa atendiendo invitaciones para tocar en cuanto fandango y corraleja se aparecieran.

 

Después de un pequeño viaje, los músicos del olvido llegaron al Complejo Cultural de San Pelayo el domingo, refugiándose del sol y amparados en sus instrumentos, amigos inseparables y testigos mudos de incontables historias de desmemoriados caballeros y de ruedas de fandangos en las que algunas polleras terminaban sin caderas y doblegadas en el piso. Era la primera vez, en mucho tiempo, que se reunían para hablar de la suerte de las dos almas culturales de Córdoba: el porro y el fandango, que, gracias a la magia de los bombardinos, las trompetas, trombones, redoblantes, clarinetes, bombos y platillos, traspasaron las fronteras y conocieron la gloria.

 

Se está acabando

 

Más que hacer un inventario de las inmensas necesidades de los músicos pelayeros, la idea fue reunirlos y preguntarles hacia dónde van el porro y el fandango. José Ramos empezó con frases categóricas: “Lo que estamos viendo es que el porro se va a acabar, como se está acabando todo lo viejo”. Palabras reforzadas por un veterano de 81 años, Gabriel Galeano, quien cree que el porro puede seguir, pero no como antes. “¡No señor! Ya todo se está acabando, porque la juventud es la que manda”. Es por eso que Juan Severiano concluye que este tipo de música va por mal camino, porque a pesar de que aún persisten las bandas de “chupacobres”, como algunos cordobeses les dicen, se perdió la creatividad, la que llevó a la popularidad a porros y fandangos como María Varilla, El ratón, El pilón, Sábado de gloria, Carmen de Bolívar, Juliana y El pájaro, entre miles de composiciones que han hecho bailar a unas cinco generaciones.

 

En medio de la nostalgia por el futuro del porro y el fandango, y tras la evidencia de que es poca la juventud que está volviendo a tocar esta música, Ramón Jiménez resalta el hecho de la existencia del Festival Nacional del Porro, evento que cumple este mes 30 años de estar resistiendo los embates de nuevos ritmos y generaciones que inevitablemente están relegando a estos aires.

 

Manuel Francisco Reyes, presidente del Festival Nacional del Porro, no ve tan catastrófica la suerte de este género folclórico. Destaca el hecho de que se está cultivando un semillero de nuevos músicos en la Escuela María Varilla y en las bandas músico-marciales de los colegios de San Pelayo y Cereté, que interpretan porros con coreografías y danzas.

 

Ese optimismo contrasta con las necesidades de las bandas, pues si de dinero se trata, para montar una de ellas se requiere mínimo de $50 millones, dinero que para los músicos, que en su mayoría son campesinos, es matemáticamente imposible se conseguir.

 

Sin embargo, Reyes asegura que el porro jamás va a morir, porque a pesar de las necesidades y los pocos programas radiales en que lo difunden, anualmente el número de bandas que participan en el Festival Nacional del Porro es alto. Sólo en Córdoba hay 30 de ellas, en Sucre otras 25, en el nordeste antioqueño 10, y otro tanto en el sur de Bolívar.

 

Mientras los viejos músicos terminaban de contar su historia el domingo, Álvaro Castellanos, otro de esos maestros en el olvido, partía con su banda a un fandango que se armó por un cumpleaños. Labor de la que vive y con la que continúa refrendando la historia musical heredada de los célebres Pedro Laza y sus Pelayeros, o Tito Guerra, Pablo Garcés, Miguel Ángel Deschamps Perea, Manuel Fortuna Sáenz, que junto con Samuel Herrera y José Lugo, conformaron la primera agrupación intérprete de porro, en 1903.

 

Al tiempo que Álvaro continúa tocando y deleitando con su música a los cordobeses, en San Pelayo no sólo la memoria de los cuatro veteranos sigue funcionando. En el pueblo, a la gente aún le alcanza el disco duro para recordar aquellos tiempos en que el porro se hizo joven al lado de bandas como La Bajera, Rivana, Central, Nuevo Oriente, La Madera, San Isidro, Caño Viejo...

 

Lo que más recuerdan es la historia de La Peor es Na, la primera banda de San Pelayo. Cuentan los habitantes que, luego de algunas peripecias, en 1902 los pelayeros lograron reunir unos centavos para comprar los instrumentos en Filadelfia (E.U.). Esa misión fue encomendada a Diógenes Galván, quien emprendió su viaje a EUcon escala en Cuba. De él jamás se volvió a saber. Pero cuando la desesperanza había invadido a los del pueblo, Diógenes apareció con los instrumentos y narrando su odisea de cómo al llegar a Cuba el dinero se le perdió, por lo cual debió trabajar 12 meses cortando caña para recuperarlo.

 

Pero 103 años después, las historias de fandangos y porros podrían desaparecer.

 

 

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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .

(Músico pedagogo)

CONTACTOS:  marmusico@hotmail.com  -  Bogotá   Colombia

www.musicalafrolatino.com  

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