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Por: Adlai Stevenson Samper

En la década de los 60 y
70 las esquinas curramberas se gozaban de escuchar
las
descargas salseras de Willie Colón y Héctor Lavoe.
Después de los maravillosos años 50, Barranquilla recién salía a descubrir que no bastaba el criollo merecumbé ni las advocaciones a los pioneros de la modernidad en Colombia en todos sus frentes para conocer, en carne urbana, que la crisis de los 60 tocaba sus puertas y que las migraciones, los barrios de invasión, la carencia de servicios y una nueva estirpe de políticos dañaba el heroico sueño de ser la ciudad mas avanzada del descuadernado país. En eso estábamos cuando a las seis es la cita, el bugalú, el bembé y la música antillana se tomaban las esquinas como aperitivo creando un nuevo género de espécimen envuelto en sahumerios y tambores: el esquinero.
Nadie quería el porro por achantado. Cuando se bailaba, su máximo frenesí era un
discreto movimiento de cabellos, todos con el cuerpo rígido y enderezado a la
fuerza, ausente de la motriz del sabor, como si un curioso halito le hubiese
quitado la magia a la música que de todos modos comenzó a ser vista como ‘sapa’
y anticuada por las nuevas generaciones que preferían las largas descargas, los
solos interminables de trompetas y tambores, al pérfido fin de pasar en sus
vecindarios por buenos muchachos amigos de una música monorrítmica.
Ay, ay del que llegaba a considerarse como amigo de las buenas costumbres: era
alejado como una peste, un sortilegio de mal agüero que solo podía ser soportado
por las señoras devotas y los caballeros amigos de las tradiciones. Cinco en
conducta cuando la moda era de dos y medio para abajo.
Porque todo, todo era innovación. La ropa, los gestos, el pelo y, sobre todo, un
extraño dialecto barrial, un slang que comenzó a florecer en los campos fértiles
de la esquina, adobado de Pacheco, Barreto y Palmieri; extendiéndose hasta
nuestros bacanos días en que todo era muy mono y muy legal, donde los barros,
los cocheros se zafaban jirafa, brother, man y se mandaban a su ámbito natural:
el estanque de sapo ese hijo es tuyo, en la cara se parece a ti.
Era un auténtico desorden en torno a la música que abarcó todos los sesenta y
que incluían las llegadas apoteósicas en barra a los cines, las irrupciones con
tumbao callejero de bandidito nuevo en La Ceiba para bailar, volare, rodeado de
puro melaza en flor el ritmo que traigo es azúcar, azúcar na´ ma´; y las
verbenas en que retumbaba el picó imponiendo su ley del más bravo sobre el
inquieto vecindario.
‘Porque todo, todo era
innovación. La ropa, los gestos, el pelo y, sobre todo, un extraño dialecto
barrial, un slang que comenzó a florecer en los campos fértiles de la esquina,
adobado de Pacheco, Barreto y Palmieri’.
Y esos estaderos
solitarios, ausentes de damas, de hombres en plan de rudos mirándose el ceño
mientras se destilaba salsa de la buena y alguno, con arrestos de bailarín,
tiraba pases, alzaba las piernas y agitaba poseído sus brazos y manos solo para
que desde las otras mesas, señoras, señores, surgiera el rival con algo más
atrevido y descarnado que no pocas veces resultaba, de pura envidia, en general
trifulca apta para pegar conejo, una estampida general en medio de sillas y
mesas que volaban buscando el destino de una cabeza o una espalda, una auténtica
carrera de velocidad que recorría manzanas, barrios y solo se detenía en la
amada esquina, para, muertos de la risa, preparar otra incursión en otro fortín
cuya arma más notoria era el picó y la salsa. Eran otros tiempos, los del Frente
Nacional, los del apaciguamiento de los partidos y de la vehemencia de la
individualidad rebelde recogiendo todas las maldades del siglo veinte para
devolvérselas con la misma intensidad.
En off, sonaba estrepitosa la salsa dura tocada por bravos, por tesos, por
guapos de verdad que comían candela, camará. Nadie se percató que llegaron los
setenta y la ciudad se enrumbaba al vallenato, ni que la salsa se volvió primero
asunto político y después, mi gente, ustedes, un comentario fugaz que nació en
la madrugada de sábanas devoradas. Y los viejos muchachos crecían, otros habían
caído en lances de sangre y duelo, y el resto se aprestaba a desempeñar sus
roles de hombre trabajador, casado y con hijos.
Los que quedaron sumidos en los tiempos del vacilón de aquellos combos resolvían
mirando despectivamente todos estos cambios y sufriendo la lenta agonía de la
soledad en la esquina, donde ya no se miraban pasar los bollitos más bonitos del
solar sino el tiempo angustioso revuelto de recuerdos, nostalgias con un olor
insidioso a cerveza.
Pero siempre hay un motivo de reencuentro, y los que abjuraron de aquellos días
calamitosos todavía se acercan a sus vidas viejas, al sabor terrible de la
travesura recordada llegando en romería a su culto semanal con la música, a
repetir, sentados en un bar de salsa, por siempre jamás, a los viejos éxitos de
Richie Ray, ¡Ahí no má!, los trabalenguas de Héctor Lavoe, el soneo del Conde
Rodríguez en el reino de azuquita mami, azuquita pa’ti y todo el desorden
magnífico de timbaleros qué es lo que pasa que ahora tú me dijiste que me ibas a
poner a gozar.
Todos vuelven en el olor de las mismas canciones de siempre en ese mítico lugar
a saborear la nostalgia de aquellos tiempos en La Arenosa en que las esquinas,
que son iguales en todos lados, tenían sabor a salsa con el suave aroma de los
días de la perdida juventud.
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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .
(Músico pedagogo)
CONTACTOS: marmusico@hotmail.com - Bogotá Colombia
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