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NUESTRO RITMO, NARRADO DESDE LA HISTORIA,
EL MITO Y LA RELIGIÓN
Por: Julio Olaciregui
Las mujeres romanas celebraban el 2 de febrero la fiesta de las luces, cuyos orígenes están sacados de fábulas como la de la diosa Coré-Perséfone, raptada por su tío Hades. Buscada por sus padres en bosques y montes con antorchas, la imagen era evocada por las mujeres de Roma (…) El papa Sergius, por su parte, decidió ordenar a los cristianos celebrar cada año, ese día, una fiesta en honor de la Santa Madre del Señor, con cirios encendidos y candelas benditas.
La cumbia, sabemos, es una danza y un ritmo de la Costa Caribe colombiana que aparece desde el año 1600 con el amancebamiento y mestizaje que se produjo entre indios, colonizadores españoles y esclavos africanos.
Recordemos que es un baile de galanteo, en parejas, cuya coreografía comienza
con la ofrenda de un paquete de velas o espermas encendidas que el hombre
entrega a la mujer. En las Memorias de un general del siglo XIX, Joaquín Posada
Gutiérrez, está descrita la cumbia que aún se baila en toda la Costa, en
festejos religiosos y profanos y en las escuelas de danzas del folclor:
“Bailaban a cielo descubierto al son del
atronador tambor africano, hombres y mujeres en gran rueda, dando vueltas al son
de los tamborileros, sin darse la mano, ellas balanceándose en cadencias muy
erguidas, ellos haciendo piruetas, dando brincos (...) Músicos, cantarinas,
danzantes cuando se cansaban eran relevados por otros y otras, y por rareza
dejaba la rueda de dar vueltas en toda la noche (...) Era lujo y galantería en
el bailarín dar a su pareja dos o tres velas de sebo y un pañuelo ‘rabo de
gallo’ en muselina para cogerlas, las que encendidas todas llevaban las ninfas
en una mano, y era requisito dejar arder el pañuelo, quemarlo, hasta que
amenazando arder la mano e incendiar el vestido, se arrojaba fuera cabos de vela
y pañuelos que los espectadores brincando sobre ellos se apresuraban a apagar
para no asfixiarse”.
Si los poetas hablan de danza cósmica o de fertilidad, los eruditos e
historiadores jamás se han puesto de acuerdo acerca de los orígenes de la
cumbia, que imaginamos se pierde en la mítica ‘noche de los tiempos’, pero la
presencia del fuego nos lleva a todos, tanto a observadores como bailarines, a
reconocer el aspecto ceremonial, ritual, de algunos de sus pasos y movimientos,
combinados con la seducción en las ruedas simbólicas de hombres y mujeres,
deslizándose en una sabia planimetría, estudiada por la coreógrafa Delia Zapata
Olivella, que se desenvuelve en las plazas de los pueblos durante las fiestas
para santos patronos y vírgenes purificadoras, muchas veces con las aguas del
río Magdalena o el mar Caribe de telón de fondo.
El historiador colombiano Gerardo Pombo Hernández, en su obra Kumbia, lanza la
teoría de que esta procesión bailada, iluminada con el fuego de antorchas, teas
o lumbres, se origina en los rituales fúnebres de ‘los indocosteños’.
“Los indígenas, con las luces de sus
antorchas, le señalaban al difunto el camino del más allá, libre de los malos
espíritus, al tiempo que rogaban a sus dioses que acogieran y dieran descanso a
su espíritu (...) evocaban el espíritu del que iban a enterrar e imploraban su
perenne tutelaje y protección (...) En estos rituales, que duraban varios días
con sus noches, las danzas, la música de gaitas, tambores indios y sonajas, y el
consumo de la chicha eran fundamentales”,
señala Pombo Hernández.
La instalación del tribunal de la Inquisición en Cartagena de Indias, en el año
1610, marcará el comienzo de la defensa y propagación de la doctrina católica en
la Costa Caribe de la Nueva Granada. Como lo señala el historiador colombiano
Renán Silva, durante la colonización hispánica la Iglesia impuso
“(...) su imaginario y lo sobrenatural
cristiano a las poblaciones indígenas y negras que se hallaban en el límite
posible de toda orfandad al haber perdido su sistema de dioses y creencias y
desaparecer su universo social e institucional”. Los curas doctrineros tendrán
por misión ‘la extirpación de la idolatría’ del alma, de la psiquis, primero de
los indios y luego de la mano de obra recién desembarcada, los esclavos
africanos, los negros de nación carabalí, congo y guinea, entre otros ‘etíopes’
llevados al puerto negrero.
El Santo Oficio combatirá con la hoguera y la prisión, desde comienzos del siglo
XVII, las expresiones mágico-religiosas de negros y mulatos, y perseguirá
también a “hebraizantes y mahometanos”. La historiadora colombiana María
Cristina Navarrete realizó una investigación muy completa acerca de la “historia
social y las prácticas religiosas de los negros” en esa época, basándose sobre
todo en las actas de los procesos de la Inquisición.
El poder de la Iglesia fue tal que se volvió convento, palacio. Un monumento
existente aún en Cartagena de Indias, el monasterio del cerro de la Popa,
construido en la cumbre del promontorio que domina la ciudad, simboliza el
aparente triunfo de la doctrina católica sobre ‘el gran cabrón’, el demonio que
los negros conocían como Buziraco o Buzirago. Ese monte de la Popa fue
inicialmente refugio de esclavos cimarrones que luego de escapar a sus amos se
hacían fuertes en la espesura del cerro”, como puede leerse en las modernas
guías turísticas de la ciudad actual. Con el paso de los siglos será allí, al
pie del cerro de la Popa, donde se celebrarán los festejos de la Virgen de la
Candelaria y se bailará la proto-cumbia, ese ritmo “mestizo y paria” del que
habla la cantaora Totó la Momposina en su canción ‘Dos de febrero’.
Los festejos populares eran un desbordamiento de vida que la Iglesia no podía
contener, porque, en ese titánico esfuerzo de fundar una Nueva Granada, hecho
con los brazos de la gente pobre, libres y esclavos, pardos, negros, labradores,
carboneros, carreteros, pescadores ‘de pie descalzo’, el ansia de vivir era,
como reza un dicho callejero, “tan terca como la cabra”, ese animal dionisiaco
que simboliza la fuerza de los montes. Un obispo pedía en febrero de 1784 el
cierre de la Puerta de la Media Luna, en Cartagena, “porque desde el 2 de
febrero hasta el carnaval experimentábanse muchos desórdenes en la bebida, que
concluidos los bailes a la medianoche salen mujeres hacia el vecino monte con su
galán, internándose en la espesura, y se dice por chiste que van a cenar”.
La fiesta, dicen los sociólogos, permite a los hombres evadirse del tiempo
rutinario y profano, salir del ingenio, del batey, de la plantación, de la mina,
para ir a “sacarse los demonios”. En aquella Cartagena mítica donde todo era
‘currar’; trabajar, hombres y mujeres se amaban después de bailar y vencían el
luto, el flagelo, la amargura, sin tener miedo al sexo, como los hombres de
Iglesia, que según Michelet, en su célebre libro La sorcière’, veían “el demonio
en una flor”. Una canción de origen cubano, ‘El negrito del batey’, es muy
explícita: “El trabajar yo se lo dejo sólo al buey, porque el trabajo lo hizo
Dios como castigo”.
Según otro historiador de las fiestas en Cartagena de Indias, Egdar J.
Gutiérrez, los orígenes de la fiesta de la Candelaria remontan a 1607 y la
celebración siempre se caracterizó por su sabor popular y la mezcla de “aspectos
profanos con la devoción religiosa colonial”: rezos, peregrinaciones, bailes.
Gutiérrez cita a otro general, Generoso Jaspe, quien dice que el 2 de febrero,
“fecha correspondiente a la Purificación, las faldas del histórico cerro de la
Popa se llenan de muchedumbre de romeros alegres, bulliciosos y entusiasmados
que visitan, bailan y beben”.
En otra región de la Costa Caribe, La Guajira, a la Virgen de la Candelaria se
le conoce como la Virgen de los Remedios, ‘La Mello’. El 2 de febrero se le
llevan ofrendas de comida, sobre todo arepas de maíz, porque dicen que es
protectora y milagrosa.
La mezcla de creencias religiosas, el sincretismo, la mixtura de rituales y
simbolismos, ha sido mucho más estudiada en Cuba y Brasil que en la Costa Caribe
de Colombia. El ambiente reinante en La Habana, con ‘la mixturación’ permanente
de los protagonistas de esas épocas remotas, sobre todo africanos y españoles,
era similar al de Cartagena. La novela Cecilia Valdés, del cubano Cirilio
Villaverde, describe con imaginación realista aquellos años. También nos sirve
de mucho estudiar la obra de Fernando Ortiz y, sobre todo, sus investigaciones
sobre las fiestas organizadas por los cabildos afrocubanos el 6 de enero, día de
los Reyes Magos, cuando el gobierno colonial y la Iglesia facultaban a “todos
los individuos de color” a salir a las calles a desfilar con sus tambores,
danzas y disfraces.
El 2 de febrero, la Candelaria, se celebra en España y en la antigua Europa para
marcar el comienzo del período de Carnaval, fiesta que celebra el fin del
invierno y la llegada de la primavera. El etnólogo vasco Julio Caro Baroja, en
su obra El Carnaval, reflexiona sobre el calendario y en especial sobre el
Carnaval como un fenómeno religioso, y habla de la concepción mito-poética que
tenemos del tiempo —día y noche, estaciones, equinoccios y solsticios— “que dan
al vivir cierta estructura que se repite, pero también sugiere la idea de
conflictos en los que entra también en juego la ansiedad misma del hombre (...)
La naturaleza se interpreta como parte del propio y dramático devenir humano,
que se interpreta y explica mediante mitos también dramáticos y se procura
ajustar mediante ritos igualmente dramáticos (...) vida y muerte, alegría y
tristeza, frío y calor, todo queda dentro de este tiempo”.
Según el teólogo medieval Jacques de Voragine, en La leyenda dorada, la fiesta
de la Candelaria se llama así porque “se lleva en la mano candelas (...) El papa
Inocente dice que las mujeres romanas celebraban en ese día la fiesta de las
luces, cuyos orígenes están sacados de las fábulas de los poetas. Éstos cuentan
que la diosa Coré-Perséfone era tan bella que fue raptada por su tío Hades, dios
del reino de lo invisible. Sus padres la buscaron mucho tiempo en los bosques y
en los montes con antorchas, y es ese recuerdo que representaban las mujeres de
Roma (...) El papa Sergius decidió darle un objetivo mejor ordenando a los
cristianos, celebrar cada año, en ese día, una fiesta en honor de la Santa Madre
del Señor, con cirios encendidos y candelas benditas”.
Lo que pretendo señalar es la persistencia entre la gente de hoy de mitos y
creencias muy antiguas, la eterna lucha entre la vida y la muerte, entre las
tinieblas y la luz.
Las llamas en una cumbiamba, la candela, su contemplación en una cocina, nos
llevaron un día a la fábula, al cuento, al mito de ese pariente nuestro llamado
Prometeo por Esquilo y por otros griegos de la antigüedad. El personaje que
domestica el fuego, robando esa chispa a los dioses del éter, nos es familiar
porque día a día no sólo podemos contemplar la potencia solar, así como los
relámpagos y centellas, sino también la tierna luz de las velas, las espermas,
en las fiestas religiosas y otras ceremonias, y el aliento forjador de sopletes,
hornos y estufas. A nivel de la filosofía la conquista de esa chispa divina, la
razón, la ciencia de la vida, comienza en el hombre más sabio con el aprendizaje
del alfabeto y con los cuentos de la infancia y su ingreso paulatino en la rueda
social del calendario que heredó de su familia y sus antepasados. Si queremos
ser extremistas podemos decir que el alfabeto y el calendario son los primeros
mitos que aprendemos, uno consciente y el otro con sólo vivir.
El mito de Prometeo es universal. Entre algunos indios de América se llama
Coyote. Sabemos que hubo una guerra entre potencias divinas por esa chispa que
nos alumbra y calienta. El antropólogo francés Claude Lévi-Strauss intenta
demostrar, con ayuda de 813 mitos indios de América del Norte y del Sur, que se
puede extraer un paradigma común, “un mito único, el del combate entre el hombre
y las entidades no humanas por la posesión del fuego”. También sabemos que él se
sirvió de la lingüística para el estudio de los mitos.
Citar el ejemplo de Prometeo en una reflexión sobre el mito y sus
interpretaciones nos servirá para recordar que la ciencia de los mitos nació en
Grecia. Desde tiempos inmemoriales —la época de los egipcios para Heródoto y
Platón— los hombres se cuentan historias y los sabios de otras épocas las
interpretan, esclareciendo sus funciones, comentándolas.
Los libros sagrados de las distintas civilizaciones, antes de que los exegetas
deduzcan y dicten normas, cuentan sobre todo historias, mitos, de amores y
luchas de personajes divinos, sacralizados, santificados. Toda la humanidad,
todas las tribus, desde los etíopes de la Odisea hasta los pigmeos de las selvas
del centro de África, pasando por los celtíberos y los arawacs, cuentan sus
mitos, actualizándolos en rituales y plasmándolos en dibujos, obras de arte,
juegos, danzas, representaciones teatrales.
No está de más aclarar que una cosa son los mitos y otra la gran masa de
interpretaciones y teorías —desde Platón a Lévi-Straus, en Occidente, por lo
menos— sobre esos cuentos que enlazan la conciencia humana con todas las formas
de lo existente e incluso el más allá, el no ser, el reino de lo invisible, el
cielo y el infierno, la muerte y la vida eterna, el tiempo que viene y el
olvido.
Los mitos son como el fuego, están dentro y fuera del hombre, existen antes que
él, después de él. Desde tiempos remotos los hombres los cuentan, se los pasan,
los almacenan, se calientan con ellos, educan a los niños, los entretienen al
calor de la chimenea en las noches de los países del invierno, o en torno a una
fogata, en la playa, escuchando a un viejo contar historias de las selvas
sagradas.
El fuego nos ha guiado en este acercamiento al hombre-mito, esa figura
universal, actual y arqueológica, presente y antigua como el Sol. En la Costa
Caribe colombiana las llamas iluminan cada año la celebración de la Fiesta de la
Candelaria, el 2 de febrero, en especial mediante la cumbia, un baile, es decir
una coreografía, herencia remota, pero muy presente, de la joven y hermosa Coré,
la dionisiaca diosa de las danzas, símbolo de la renovación de la naturaleza,
que cada cierto tiempo sale de la oscuridad, de lo inferior y lo invisible, la
semilla podrida, para expresar la fuerza de la vida.
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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .
(Músico pedagogo)
CONTACTOS: marmusico@hotmail.com - Bogotá Colombia
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