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ESPECTACULO Vs FIESTA POPULAR
Por: Armando
Benedetti Jimeno
Sobre el carnaval
“esplendoroso”
Aqui hay tela para montar una buena sastreria.
EL HERALDO cree que el carnaval que acaba
de terminar fue “esplendoroso”. Como título, el mismo carnaval, está bien. Más
aún, yo podría asignarle, a lo que vi con mis propios ojos, adjetivos
equivalentes.
Para decirlo de una vez y sin riesgos mayores por meterme con trapos de la
Iglesia, conceptos de liturgia, personal del culto, hay que felicitar a Carnaval
S.A. y a otras entidades que participaron en la organización y fomento de la
fiesta, pero sobre todo a las gentes de Barranquilla, no obstante los 13 muertos
y la niña de dos años violada y asesinada con instrumentos corto punzantes en el
rostro a media noche del sábado. Tenemos, de lejos, la mejor gente de este país,
lo cual, a juzgar por ciertas estadísticas, no es mucho decir.
Esa felicitación, sin embargo, no necesita del tono ditirámbico (en su acepción
plebe y desprovista de toda referencia al teatro griego) utilizado por nuestro
amigo Adolfo González en reciente panegírico sobre las bondades de Carnaval S.A.
y del exultante contraste con otras formas pretéritas de organización de la gran
fiesta.
Lo digo porque creo que ese tono ditirámbico contribuye a consolidar esos
círculos cerrados de poder y arrogancia que en la dirigencia política y en
cierta, que no toda, dirigencia gremial, privada y emergente, sospechan hasta la
ex comunión y escarnio, de toda crítica o glosa a sus propias actuaciones
Yo creo, por ejemplo, que Carnaval S.A. logró rescatar de prácticas perversas el
Carnaval. Pero eso no justifica el complejo de Adán que obsesiona a algunos
directivos y aduladores. Entre otras cosas porque yo, y quienes me aventajan en
edades, hemos sido testigos de carnavales mas “esplendorosos”. Por ejemplo
carnavales con carrozas superiorísimas a las de este año, no obstante las
notorias mejorías. Por ejemplo por la calidad de las orquestas que venían.
Pero aún si éstos fueran los mejores carnavales de la historia de la humanidad,
no se justificaría que no se pudiesen criticar algunas cosas que ocurren. El
carnaval no les pertenece, así una concesión administrativa lo haya puesto
temporalmente bajo su tutela. Y porque no conozco ninguna razón para suponer el
despropósito de que súbitamente se hayan vuelto tan infalibles.
No hay duda de que el problema de los palcos es un problema grave, al cual sin
embargo, nadie parece dispuesto a encontrarle soluciones razonables. Por el
contrario: crecieron, o iban a crecer (al final no supe qué pasó con las tutelas
del Personero) más de un 40% respecto del año anterior. ¡Un disparate total!
Si algo caracteriza al carnaval de Barranquilla es haber logrado el milagro de
que los espectadores sean el espectáculo. En vísperas de la revolución francesa,
sus ideólogos y padres putativos se esforzaban por encontrar la fórmula de una
nueva fiesta que correspondiera a los tiempos también nuevos que estaban por
llegar. Diderot, por ejemplo, reprochaba al teatro y a la ópera sus esfuerzos
por “divertir en un pequeño lugar oscuro a algunos centenares de personas”.
Rousseau nada menos que Rouseeau, pretendía que no se adoptasen “esos
espectáculos exclusivos”, al tiempo que, lo juro, se indignaba con “la
privatización de los pequeños palcos”. (Hago una cita de segunda mano, extraída
de “La Mentalidad Revolucionaria” de Michel Vovelle).
Todos sabemos que los palcos han copado la casi totalidad del espacio público.
En la acera norte de la Vía 40 donde su estrechez no permite la construcción de
los palcos, la destinación y apropiación indebida del espacio público toman la
forma de sillas de alquiler, también a precios exorbitantes.
El resultado es que quienes no pueden pagar mas o menos 100.000 pesos por un
palco, algo así como el 26% de un salario mínimo, terminan invadiendo una ínfima
parte de la vía, a fundillo pelao sobre el pavimento, o lo que es peor,
absteniéndose de participar en los desfiles, o resignándose a otros de inferior
calidad y tradición.
Así llegamos a un segundo tema complicado, cual es el de la realización de
varios desfiles a las mismas horas del mismo día. Cualquier cosa que se piense
sobre esos desfiles, no hay duda alguna de que los símbolos de poder político,
económico, mediático e incluso carnestoléndicos, viven en uno solo de esos
desfiles. Todos van, pagan, gastan, se retratan en el de la vía 40. Hasta la
reina, que, según entiendo, apenas le queda tiempo para una morosa y fugaz
visita a la Calle 17. ¿Se puede —o se debe— por razones de espacio público, del
largo del desfile, de la densidad de los participantes, o de cualquier otra
razón menos inocente, mantener y agrandar la brecha social en una fiesta que se
supone que la cierra, la niega, la subvierte?.
Yo no tengo una respuesta. No estoy seguro de que sea posible mantener la
unicidad tradicional de un desfile que ya no funciona en la morfología ampliada
de la ciudad contemporánea. Lo que no quiere decir, según hasta aquí queda
sugerido, que la solución sean tres desfiles, cada uno con “dueños” e intereses
distintos, sin la mas elemental y forzosa cohesión que el sentido común aconseja
para el buen suceso de la fiesta.
Es allí donde sin un regreso imposible a los viejos tiempos del clientelismo que
en ocasiones logró secuestrar el carnaval, hay que pensar en devolver al
Distrito algún poder, subrayo que sólo alguno, decisorio sobre situaciones para
las que sólo él tiene la institucionalidad, personería y poder para intentarlo.
No podemos seguir con la pendejada de que el Alcalde puede manejar toda la
ciudad pero no el Carnaval. Bueno, lo de toda la ciudad es solo un decir: en
realidad es el resto de lo que queda luego del reparto de todas las concesiones,
incluida la del Carnaval.
El carnaval es mucho más que una fiesta. Hay que repetirle eso a todo el mundo,
comenzando por los barranquilleros. Cuando veo tanto baile de “fantasía” (por lo
demás hermosos, elaborados y aplaudibles) me pregunto sino seremos nosotros
mismos en esa exageración de imaginación de que disponemos, quienes nos
tiraremos un día el carnaval. Mientras no se logre equilibrar esas tensiones
entre lo popular-ancestral y la fiesta moderna, los peligros son todos.
Se impone suministrar al carnaval un escario idóneo para existir y funcionar. Si
en definitiva no hay ese espacio público procede repensar la fiesta,
acomodándola a lo disponible. Lo que hacemos ahora es perpetuar una matriz de
eventos pensada para el Carnaval de hace 50 años. Pero lo que yo personalmente
creo es que el Carnaval puede convertirse en el eje de un verdadero modelo de
desarrollo urbano. Somos el Carnaval mas que cualquier otra cosa. Reconocemos en
él nuestra propia humanidad. Y por supuesto nuestra identidad caribeña. De modo
que el Carnaval no es solo posibilidades de hotelería satisfecha y turistas,
sino la clase de ciudad que queremos y soñamos.
Por ejemplo, ¿Por qué no, con pretexto del carnaval, recuperar la ribera del río
y acabar con esa imperdonable estupidez de que los barranquilleros no podamos
mirar ese río?. Ningún terrícola entendería las razones por las cuales
Barranquilla renuncia al río que la inventó, a su propia memoria histórica, para
mantener, no puertos privados, (otras concesiones) sino bodegas, edificios
desocupados, oficina de segunda y construcciones baratas. Un espacio público
abierto al río posibilitaría no sólo el lugar de encuentro que no van a ser
jamás la Aduana (enjaulada y prohibida) ni el Paseo Bolívar. Se podría
comprometer, con ocasión de lo de la Unesco, a organizaciones internacionales, a
organismos de crédito, a otros países, a inversionistas extranjeros (otras
concesiones, que carajo). En fin, es solo una idea de cómo utilizar lo precario
de nuestro equipamiento urbano para salvar el carnaval y recuperar la ciudad y
vender el Carnaval de verdad mediante procesos en los cuales no participe nadie
con vínculos con quienes o quieren comprar, o simplemente ya lo utilizan sin
comprarlo.
Unas pocas líneas finales ‘para un tema que merece muchas más. Por hoy me pasé
de maracas en términos de espacio. En el fondo, el Carnaval no es más que una
resistencia. Es la persistencia de elementos que vienen de la cultura oral y el
mantenimiento de sus formas de transmisión del saber. El Carnaval es cierto
sentido de libertad y autonomía y la prueba de que no todo destiempo con
relación a la modernidad es pura anacronía... puede ser también residuo no
integrado de una empecinada autonomía. El Carnaval como contrapunto, como
contrainformación. El Carnaval como una “esplendorosa” supervivencia, sin
embargo vulnerable a las manifestaciones mediáticas y del poder.
Carnaval S.A. sabe organizar desfiles. Merece muchos agradecimientos. Pero
habría que pensar en cómo ayudarlos. En cómo llevarlos hacia reflexiones muy
serias sobre la fiesta. Serias y difíciles. No creo que existan respuestas
fáciles ni esplendorosas a los interrogantes de la fiesta. Alguien tiene que
ocuparse de buscar el equilibrio imposible que, sin embargo, preserve el
Carnaval de tantas “fantasías” y tentaciones cambamberas.
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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .
(Músico pedagogo)
CONTACTOS: marmusico@hotmail.com - Bogotá Colombia
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