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DANIEL MONCADA
Por: Andrés Salcedo
Daniel Moncada tiene la elegancia esmerilada y la pupila descreída de los pianistas que han entrado en la edad madura.
Cuando te pones a hablar con él le descubres esa palabra tierna y al mismo
tiempo amarga y sarcástica que se aclimata en los labios de los pianistas que
han madurado pendulando entre la sala de conciertos y el antro de jazz, sin
perder nunca el contacto con la calle y el hombre.
Daniel trae todo eso escrito en su código genético. Es hijo de Adaúlfo Moncada,
uno de los más conocidos músicos sinfónicos que ha tenido el país. Como Daniel
hoy, el inolvidable Adaúlfo jamás perdió sus fuertes vínculos con la música
popular colombiana.
Pero también Rubén Guerrero, el padre venezolano de Adaúlfo, era músico.
Perseguido por Juan Vicente Gómez, vivía exiliado en Santa Marta, que, como
Ciénaga y toda la Zona Bananera, se beneficiaba del auge de la United Fruit
Company.
Al caer el dictador Gómez, Guerrero regresó a Venezuela y dejó a Adaúlfo con una
pareja de músicos amigos, que lo adoptaron y le dieron el apellido. Su padre de
crianza, Julio Moncada, lo puso a estudiar desde los 8 años con el maestro Pedro
Biava.
Le pido a Daniel que me cuente cómo transcurrió su infancia en ese mundo de
músicos trashumantes en que creció y me dice, como prueba de que su destino era
la música, que los primeros juguetes que le regalaron, unos camioncitos de
madera y lata, los transformó en batería.
Daniel recuerda que las noches de su infancia eran muy largas y todavía se ve a
sí mismo dormido entre atriles e instrumentos, mientras su viejo Adaúlfo soplaba
el saxo o el clarinete frente a una sala llena, en alguna ciudad de Colombia.
“Los músicos”, dice, “eran mi familia. Y yo, el sobrino de todos”.
Y luego le llegó a él también la hora de estudiar con el maestro Biava y hacerse
músico profesional, como su padre y sus abuelos.
Más tarde vinieron los estudios musicales en la Universidad de Houston y de
composición y dirección en México y momentos tan importantes en su carrera como
la dirección de la Orquesta Latinoamericana de Cámara en la Florida.
Después, ya de regreso en Colombia, organizó el primer concierto de jazz que
hubo en Barranquilla y participó en el festival internacional de Bogotá,
integrando una banda donde figuraban los 14 mejores músicos de jazz del país.
Cuando le pregunto por “su” tema, ese que empieza a producirle placer estético
desde el momento mismo en que despliega la partitura frente a él, menciona
‘Piano Man’, el clásico de Billy Joel. En Estados Unidos, un pianista que no se
sepa esa canción no podrá trabajar en ningún sitio, ni siquiera en un
restaurante.
Le pido que me explique en dónde radica el encanto de ese tema y me dice que en
su honda mirada interior a la patología del pianista y del pianismo. El
pianista, para Daniel, es un pequeño monstruo acosado por los fantasmas de Liszt,
Chopin y Beethoven.
Y perseguido también, agrego yo humildemente, por los fantasmas de los grandes
pianistas del jazz y de los ritmos latinos. Daniel admira al cubano Chucho
Valdés, que es algo así como el espejo donde él se mira.
Valdés es el prototipo de músico integral, con un gran corazón latino, que toca
nuestros ritmos con emoción de latino, de la misma manera conmovedora y mágica
como tocaba —como atacaba— Chopin una polonesa.
Daniel Moncada se enfrenta al piano como el torero al animal. Con recelo. Con
una mirada que tiende al éxtasis. Pensando: me lleva él o me lo llevo yo. Si le
suena la flauta, el músico, como el torero, sentirá que también se ha vencido a
sí mismo.
Una extraña sensación espiritual que Daniel intenta explicarme contándome que él
se sienta frente a piano como si lo hiciera —son sus palabras— “en un diván
freudiano con alas”.
Enseguida le pregunto, temeroso de estar diciendo una burrada, qué influencia
puede reconocerse de Beethoven, de Liszt, de Chopin y de todos esos arquetipos
de la música clásica, en los pianistas de este lado del mundo.
Daniel cree que esos grandes genios le han causado mucho daño al músico latino,
que, inserto en un medio sin tradición ni ambiente para esa música, se lanza a
la búsqueda del Beethoven que cree llevar dentro y se encuentra, tarde o
temprano, con que anda persiguiendo una utopía.
¿Y cuál sería el contrapeso a esa utopía?, le pregunto y él menciona de nuevo a
Chucho Valdés como el artista que más se acerca al concepto de músico latino
integral, enamorado de la música que hace. La suya. La que aprendió en el solar,
en el conuco, en el batey.
Está bien tocar a Liszt y a Duke Ellington, pero sin olvidar de dónde salió el
que pulsa las teclas. Y Daniel vuelve a echar mano de la metáfora: “Es como el
hombre que aprende otros idiomas y se le olvida el suyo”.
En conclusión, Moncada cree en el músico que, por virtuoso que sea, no olvida
sus raíces. Y menciona tres ilustres ejemplos colombianos, curiosamente los tres
con raíces sabaneras: Zumaqué, Arnedo, Almario.
Inevitablemente, le toco el tema de su fama de hombre quisquilloso y difícil.
“Lo que pasa”, dice, “es que soy bastante estricto con la música que hago y
exijo rigor profesional a quienes tocan conmigo. Porque de lo que se trata es de
devolverle a la música lo que ella nos ha dado, a ellos y a mí”.
Daniel Moncada: tierno, infantil, frágil, tormentoso. Un hombre hecho a la
medida —a la mordida— de su instrumento
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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .
(Músico pedagogo)
CONTACTOS: marmusico@hotmail.com - Bogotá Colombia
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