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EL GRAMMY TIENE SU GUEPAJÉ
Por: Andrés Salcedo
El maestro Rafael Escalona, el periodista Andrés Salcedo, el Director de EL HERALDO Gustavo Bell junto a dos nominados al Grammy vallenato: el cantante Poncho Zuleta y el cantautor Iván Ovalle
Juglares, promotores discográficos y periodistas hablaron "en familia" del nuevo Grammy Latino, donde compiten la cumbia y el vallenato, los dos aires más representativos de Colombia.
No somos tan caídos
del zarzo como para no convertir a Rafael Escalona en el personaje central de la
tertulia de El Heraldo. El maestro va a recibir el 1de noviembre, en el
histórico Rainbow Room neoyorquino, un premio a su vida y obra que le otorga la
Academia Latina organizadora de los Grammy.
Había también que aprovechar los momentos de tregua que tuvo la agitada reunión
para tirarle de la lengua a Escalona, cuya memoria se afila con los años. En una
de esas pausas, soltó una chiva que tenía guardada desde hacía 40 años: la
famosa fotografía donde aparece parado en la acera de una arbolada calle
barranquillera (hasta se alcanza a ver un bus urbano de la línea Prado-Boston) y
que sirvió de portada al disco más conocido de Bovea y sus Vallenatos, se la
tomó su amigo, el pintor Alejandro Obregón.
Desde que empezamos a tomar asiento, nos fuimos organizando por grupos o
facciones. De un lado, los acérrimos defensores de la identidad del vallenato,
que, en el peor de los casos, preferirían el aislamiento espléndido en que vivió
-y sobrevivió- esa música durante tanto tiempo, desde las primeras piquerias de
Francisco El Hombre, a un futuro mexicanizado y chicanizado que sepa más a atole
que a chicha de tamarindo.
Entre los irreductibles defensores de “lo” vallenato estaban Escalona y su
ahijado Poncho Zuleta, nominado al Grammy Latino por el último disco que alcanzó
a grabar con su hermano Emilianito, antes de la separación: ‘Cien días de
Bohemia’, del guajiro Rafael Manjarrés.
Según Escalona, con el Grammy vallenato la academia va a complacer a un
determinado artista pero no a una región y a un ritmo.
A esta tendencia, llamémosla, purista, me sumaba casi siempre yo, que sufro
tanto cuando escucho las odiosas cumbias mexicanas. Una música de frontera
desvaída, de un kitsch gallego y saltarín que resulta repugnante a los oídos y a
la sensibilidad caribe, tan marcada por lo afro.
¿No correríamos el mismo riesgo exponiendo el vallenato a las insaciables fauces
de la industria discográfica dominada por los mexicanos que, pues, ahorita,
buey, sólo quieren saber de fusiones?.
En este momento rinde mucho mezclar en la misma coctelera, qué digo, cumbia
mexicana con carnavalito boliviano y candomble del Uruguay. Bueno, sí, estoy
exagerando, pero algo de verdad hay en lo que digo, buey.
Enfrentados a nosotros, los fundamentalistas, estaban los realistas, que, si
bien lamentan las posibles perversiones y desviaciones que puede llegar a sufrir
el vallenato en sus futuros apareamientos hasta convertirse en un producto apto
para todas las cocinas de ese único recetario del gusto mundial que es el bill
board, sostienen que el Grammy es otra gran puerta que se le abre a la música
colombiana.
A la cabeza de estos, digamos, aperturistas, se encontraban Gustavo Bell e Iván
Ovalle, nominado también a un Grammy como compositor.
Para Gustavo, el vallenato es tan importante, que trasciende lo nacional y
folclórico. Y confía en que el Grammy ayudará aún más a su difusión.
A Ovalle le parece interesante el hecho de que a ellos no los va a elegir un
jurado sino la votación de los casi 5000 miembros de la academia.
"Son músicos que premian músicos, igual que ocurre en el Pulitzer", agrega uno
de los hermanos García, representantes legales y únicos voceros en Colombia de
los Grammy Latino.
Marlon y Michel García capotearon con desparpajo caribe las pocas pero
vehementes críticas que le hicimos al premio. Se trata sin duda de dos
ejecutivos modernos que han empezado a jugar en las grandes ligas de la música
sin moverse de Barranquilla, donde acaban de abrir su empresa M&M Entertainment,
desde la cual se maneja todo el aparato logístico y mediático que demanda la
difusión del Grammy en Colombia.
Rafael Sarmiento propone un cambio de tercio. Dice que ha notado cierto
descontento entre los vallenatos porque su música ha sido incluida en una misma
categoría con la cumbia, como si se sintieran de mejor familia.
La respuesta de Poncho no se hace esperar: "Es que debe deslindarse. Cada uno
debe tener su propia categoría. No es que seamos de mejor familia. Es que somos
diferentes".
Ovalle dice que, en vez de criticar la nueva categoría lo que hay que hacer es
fortalecerla para que, en lugar de los 32 temas inscritos este año, en el
próximo se tengan 400, como en la categoría de la salsa. Entonces sí podrán
deslindarse.
En ese momento me acordé del libro de Peter Wade, el investigador británico al que llamó la atención el hecho de que la Costa Caribe, una región con una cultura diferente a la del resto del país, alejada del poder central, en una nación mayoritariamente andina, haya logrado convertir su música en la más representativa de Colombia.
Tras recordar que Gustavo, en sus tiempos de Vicepresidente, respaldó la edición
de ese libro, les pedí a los presentes que me diera, cada uno, las razones por
las cuales creen que se produjo esa conquista de todo un
país a través de la música, de que habla Wade, en un lapso de tan sólo 50 años.
Para Poncho Zuleta, el vallenato ha llegado tan lejos por la solidez que le
imprimieron los pioneros, entre ellos su padre. Y porque es una música vivencial
cuyas historias son entendidas y celebradas en todo el país.
Gustavo dice que la literatura de García Márquez ha tenido mucho que ver con el
ascenso del vallenato. De hecho, su propio autor considera a Cien Años de
Soledad un vallenato de 300 páginas.
Según Ovalle, la geografía nos ha dado un buen empujón: “Primero sacamos el
vallenato del monte por las aguas del Guatapurí, después se nos abrió
Barranquilla, un puerto que es caja de resonancia de la música costeña hacia
adentro y hacia fuera del país. El resto lo ha hecho nuestra espontaneidad”.
Escalona responde con una anécdota: "Cuando el doctor López me llevó la primera
vez a Bogotá, ya teníamos grandes narradores en la provincia, como Chico
Bolaños, Juan Muñoz y el mismo compadre Emiliano. Por esa misma época, López
cogió y se llevó para Valledupar a la crema de la intelectualidad bogotana:
Fabio Lozano Simonelli, Jaime García Parra, Rafael Rivas Posada, Iader Giraldo.
Regresaron encantados. Más tarde llegó otro cachaco importante: Daniel Samper.
Todos ellos fueron definitivos para que nuestra música se impusiera
nacionalmente".
"Primero sacamos el vallenato del monte por las aguas del Guatapurí, después se nos abrió Barranquilla, un puerto que es caja de resonancia de la música costeña hacia adentro y hacia fuera del país. El resto lo ha hecho nuestra espontaneidad."
Poco después nos
levantamos todos, tan desordenadamente como cuando llegamos, nos dimos la mano
(las paces), posamos para la cámara de Aleidys Coll y antes de que el maestro se
me escapara, le hice una última pregunta:
"Rafa, hace tiempo, yo, el neófito, tengo una curiosidad. ¿Por qué nunca compite
tu música en el festival vallenato?"
"Bueno, primero, porque así está en los estatutos. Y segundo, porque si gano es
por ser Escalona y si pierdo es por pendejo, por ponerme a competir con los
pelaos".
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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .
(Músico pedagogo)
CONTACTOS: marmusico@hotmail.com - Bogotá Colombia
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