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EL BOLERO VIVE POR SIEMPRE
Por: Álvaro Cadavid
Este ritmo es un medio de expresión del sentimiento por excelencia. Algunos instantes que lo evocan.
Como
músico profesional, siempre me he sentido atraído por la música que suena a mi
alrededor. Cuando la radio era el único medio de comunicación, era imposible
ignorar el bolero, un ritmo que a pesar de haber nacido a finales del siglo XIX
solo se masificó en las décadas del 50 y el 60, y desde entonces, se posicionó
como el rey dentro del sentir latinoamericano.
Fui testigo presencial de su expansión cuando tuve la fortuna de escuchar en
radioteatros a cantantes como Lucho Gatica, Olga Guillot, Los Matamoros, Blanca
Rosa Gil y Los Panchos. Desde esa época hice un viaje por la historia de un
ritmo que considero como el cordón umbilical que nos identifica como latinos y
del que rescato algunos instantes maravillosos.
Así, en la provincia oriental de Santiago de Cuba, cuna de la clave y del bongó,
y donde las trovas y las décimas vibran en el tibio ambiente caribeño, nació el
primer bolero latinoamericano con obvias raíces españolas y en la voz de un
sastre y juglar llamado Pepe Sánchez, como bien lo documentara el historiador y
coleccionista Hernán Restrepo Duque. Transcurría el año 1896 y pronto se
popularizó en el ámbito regional, para luego tomarse las grandes ciudades del
continente americano.
En Cuba surgieron las primeras cumbres de la composición en este género, tales
como Ernesto Lecuona, con su inmortal Siboney y María la O; Miguel Matamoros del
Trío Matamoros, insigne compositor de Olvido y de Lágrimas Negras, e Isolina
Carrillo con sus Dos Gardenias, entre muchos otros.
Más tarde llegó lo que se denominó como bolero feeling, en el que aparecieron
compositores como César Portillo de la Luz, Ernesto Duarte y Orlando de la Rosa,
del Trío La Rosa.
Pero, en mi opinión, José Antonio Méndez es clase aparte dentro de los
compositores cubanos, o si no que lo digan La gloria eres tú o Novia mía,
algunas de sus magistrales obras.
A partir de la década del 40, la época de oro de la radio, y con la innegable
influencia de las Big Bands norteamericanas, el bolero anduvo de la mano de
grandes orquestas conformadas por músicos de carne y hueso, no electrónicos ni
virtuales, que aparecieron a lo largo del continente americano.
Por estas fantásticas orquestas desfiló toda una constelación de cantantes de la
talla de Benny Moré, Vicentico Valdés y Olga Guillot, entre otros.
Pero, sin duda, el rey indiscutible e indestronable, no sólo por la cantidad
sino también por la calidad de sus obras fue Rafael Hernández, de quien me
atrevo a asegurar que es, ha sido y será el más grande compositor popular
hispanoamericano de todos los tiempos.
De su inspiración nacieron más de 2.000 canciones de varios géneros. Pero en el
campo de los boleros, su concepción melódica y sus inspirados versos, algunas
veces sentando una protesta social como en el caso de Lamento borincano y otras
veces expresando la exquisita sensibilidad de su alma como en Campanitas de
cristal, lo ubican por derecho propio en un pedestal completamente aparte de los
demás compositores latinoamericanos.
El arraigo del bolero en México tuvo connotaciones muy especiales, pues no
solamente fue el país que lo expandió por toda Hispanoamérica sino que también
sirvió como plataforma de lanzamiento a cantantes, compositores y orquestas.
Es irrefutable que Agustín Lara es la estrella más brillante en el firmamento
musical azteca. Este veracruzano nacido en 1900 en una pequeña población llamada
Tlazotlalpán, con su desgarbada figura y su espíritu indómito, plasmó en sus
canciones toda una gama de sentimientos y vivencias personales, lo que le valió
el seudónimo de "el músico-poeta".
Lara cultivó varios géneros musicales de la época: pasodobles, criollas, chotís
y valses, como el inmortal María Bonita, dedicado al gran amor de su vida doña
María Félix.
Vale anotar que en México surgió el bolero ranchero, cuyos máximos exponentes
fueron Jorge Negrete, Pedro Infante, Javier Solís y Vicente Fernández. Allí
también surgieron los tríos, a partir de Los Panchos.
El bolero en todas sus versiones inundó el área caribeña, proyectándose muy
rápidamente hacia el cono sur donde contagió con su hermosa melancolía a
compositores e intérpretes por igual.
En Chile la fantástica voz y estilo de Lucho Gatica conquistaron el hemisferio
con las composiciones del mexicano Roberto Cantoral. En Venezuela el fantástico
cantante- compositor Alfredo Sadel nos dejó un maravilloso legado de boleros y
de obras populares de muchos géneros. Entretanto, en Ecuador, Julio Jaramillo y
Olimpo Cárdenas impregnaban de sentimiento a todo cuanto interpretaban.
Brasil no podía pasar desapercibido y nos regaló dos extraordinarios cantantes:
Aldemar Dutra con Peleas y Miltinho con Dedo de Guante.
El aporte de Colombia empezó a partir de las bellas composiciones de Rafael
Mejía como Mientras me quieras tú; Adolfo Mejía y Leonidas Otálora con Cartagena
y don Jaime R. Echavarría con Noches de Cartagena, lo cual lo ubicó en un puesto
preferencial en el gusto de los hispanoparlantes.
Además, se destacaron intérpretes como Carlos Julio Ramírez, Víctor Hugo Ayala
con Camino verde y Las perlas de tu boca; don Lucho Ramírez con Presentimiento y
A qué negar, Alberto Granados con Espérame en el cielo y Voy gritando por la
calle; y las voces femeninas de Matilde Díaz con Fantasía tropical y Te busco de
Lucho Bermúdez, y las antioqueñas Ligia Mayo con Cataclismo, Con toda el alma y
Lejos de ti.
Es importante recalcar la variante rítmica que le dieron al bolero entidades
como la Sonora Matancera y otras del mismo corte, que inmortalizaron las voces
de Bienvenido Granda, Daniel Santos, Panchito Rizet, Orlando Contreras, Rolando
Laserie, el dominicano Alberto Beltrán, los argentinos Leo Marini y Carlos
Argentino Torres, el colombiano Nelson Pinedo, y hasta la Guarachera de Oriente
Celia Cruz se dejó seducir por el denominado "bolero macho" y nos legó Tu voz y
Dile.
Pero, ¿cuál es el encanto que tiene el bolero que después de ciento doce años
sigue cautivándonos y manifestándose en las voces de nuevos intérpretes como la
peruana Tania Libertad, la argentina María Marta Serralima, los boricuas Cheo
Feliciano y Gilberto Santarrosa y los colombianos Tri-O, todo en nombre de las
agonías del amor?
Podría definirse como el lienzo sobre el cual se dibuja todo el espectro de las
pasiones humanas y el punto de convergencia de amores felices y de amargos
sinsabores, que los enamorados latinos de todos los tiempos y de todas las
edades identificamos como algo propio de nuestra idiosincrasia.
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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .
(Músico pedagogo)
CONTACTOS: marmusico@hotmail.com - Bogotá Colombia
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