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IDENTIDAD Y GLOBALIZACIÓN
Por: Istvan Dely
La globalización es un hecho no negociable. No es cuestión de elección. Es una
necesidad objetiva de la evolución de la humanidad. "Por primera vez en la
historia, es posible para todos los seres humanos ver el planeta entero, con su
miríada de pueblos diversos, en una sola perspectiva... La próxima etapa en la
evolución de este planeta es la 'planetización de la humanidad'." (Comunidad
Internacional Bahá’í)
Lo que sí está en nuestras manos elegir es: ¿Qué clase de globalización queremos
construirnos?
En nuestros tiempos se han presentado básicamente tres propuestas a este
respecto:
Aparte de toda consideración histórica, política, económica y social, las dos alternativas, aunque parezcan polos opuestos, no representan sino dos caras de la misma moneda en sus efectos sobre nuestro tema de la identidad cultural: uniformización, ruptura radical con las tradiciones particulares, desertización cultural y espiritual, dominación del modelo de vida de un segmento minoritario de la humanidad sobre la mayoría, empobrecimiento y degradación que conducen a la extinción.
La primera propuesta se ha derrumbado, lo que lejos de liberarnos, nos lleva a
muchos a la falacia de abrazar con triunfal júbilo, aceptar con indiferencia o
sobrellevar con resignación, cada cual según su gusto, la segunda, que de esta
forma se torna mucho más peligrosa.
Pero frente a estos modelos mecanicistas hay otro que propone la unidad orgánica
del género humano:
Este modelo de un nuevo orden mundial "no ignora ni intenta suprimir la
diversidad de orígenes étnicos, de climas, de historia, de idioma y tradición,
de pensamiento y costumbres, que distinguen a los pueblos y naciones del mundo.
Pide una lealtad más amplia, una aspiración mayor que cualquiera de las que ha
sentido la humanidad. Insiste en la subordinación de los impulsos e intereses
nacionales a los reclamos imperativos de un mundo unificado. Repudia por una
parte el centralismo excesivo y por otra rechaza todo intento de uniformidad. Su
consigna es la unidad en diversidad". (Shoghi Effendi)
Específicamente en el campo de la identidad cultural de los pueblos, este
concepto no solo permite sino nos prescribe como un deber de nuestra generación,
la 'ecología cultural': "De manera muy parecida al papel que juega el banco
genético en la vida biológica de la humanidad y de su medioambiente, la inmensa
riqueza de diversidad cultural acumulada durante miles de años es de importancia
vital para el desarrollo del género humano que ahora está viviendo la llegada a
su colectiva mayoría de edad. Ello representa un patrimonio que nos enriquece a
todos y que debe ser salvaguardado para que brinde su fruto en una civilización
global". (Comunidad Internacional Bahá’í)
De modo que las diferencias no solo no riñen con la unidad sino que son
requisito indispensable de todo organismo como lo es la humanidad, el planeta
Tierra que incluye a la humanidad, el universo que incluye al planeta Tierra.
"Esta diferencia, esta diversidad, es como la naturalmente creada disimilitud y
variedad de los miembros y órganos del cuerpo humano, ya que cada uno de ellos
contribuye a la belleza, la eficiencia y la perfección del todo. Cuando estos
diferentes miembros y órganos se someten a la influencia de la soberana alma del
hombre, y el poder del alma penetra las extremidades y miembros, las venas y
arterias del cuerpo, entonces la diferencia refuerza la armonía, la diversidad
fortalece el amor, y la multiplicidad es el más grande factor de coordinación".
(Abdu’l-Bahá)
Ensanchar nuestra conciencia hacia la ciudadanía mundial y al mismo tiempo estar
firmemente arraigados en nuestra identidad cultural heredada no son
contradictorios sino forman una unidad dialéctica: son complementarios como la
raíz y la copa del mismo árbol. El universalismo que buscamos no es el
universalismo de individuos sino de identidades. Pero estas identidades, la
individual lo mismo que la colectiva, son algo orgánico: en el juego dinámico de
la inmanencia y trascendencia, del cambio y la continuidad, van adaptándose
constantemente a nuevas condiciones que plantea su crecimiento. No crecer no es
posible. Morir sí. Al entrar en esta Nueva Era, al construir conscientemente un
mundo unido en diversidad, cada pueblo, cada etnia, cada tradición espiritual
tendrá que enfrentarse a la tarea del crecimiento: podar las partes muertas,
nutrir las raíces, permitir el metabolismo necesario, limpiar la maleza.
Adaptarse.
Hay dos actitudes extremas que deben evitarse: una rechaza de plano todo cambio,
que se encierra, se aísla, mira hacia atrás y adentro únicamente; es como el
árbol que pretendiera crecer hacia abajo, metiéndose en la tierra otra vez. La
otra pretende cortar todas sus raíces en aras de la modernidad y el progreso,
para parecerse lo menos posible a sí mismo y lo más posible a los insípidos e
insidiosos modelos que nos venden las modas artificiales de las multinacionales
del consumismo. Es como si el árbol pudiera mantenerse en pie y crecer sin sus
raíces. Ambas posturas en definitiva llevan al aniquilamiento de la sana
identidad, son suicidas.
La meta es dialéctica: la preservación de la diversidad cultural étnica en el
contexto de una armoniosa interacción en pie de igualdad. Debemos preservar
nuestra identidad cultural para entregarla al patrimonio común de toda la
humanidad, como quien entrega un regalo a un rey. Al mismo tiempo tenemos
derecho, por el simple hecho de haber nacido humanos, a los tesoros de las
tradiciones culturales de todos los demás pueblos, de cualquier época y lugar.
Esto es el significado de ser ciudadanos con plenos derechos, de nuestra aldea
global, la Tierra.
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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .
(Músico pedagogo)
CONTACTOS: marmusico@hotmail.com - Bogotá Colombia
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