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LA COSTA QUE QUEREMOS

Reflexiones sobre el caribe colombiano en el umbral del 2000

Cecilia López Montaño

Alberto Abello Vives

Compiladores

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Científicos, artistas, político, economistas, educadores y periodistas fueron invitados a proyectar la Costa que ellos quisieran en el nuevo siglo. No en todos los casos el resultado tuvo que ver con el futuro. Algunos nos hablaron, simplemente, sobre la Costa que ellos aman, la que llevan dentro, la de sus recuerdos y sus alegrías. También hubo quienes expresaron su desazón o su temor por el futuro a partir del presente que vivimos hoy. El resultado es este que le Observatorio del Caribe Colombiano, el proyecto Es Caribe y el departamento Nacional del Planeación, les presentan a los lectores.

La Costa que Queremos hace parte de la primera serie de publicaciones que el Observatorio del caribe Colombiano concibió desde el momento mismo de su fundación, y de la cual hacen parte otros dos volumen. El Caribe colombiano. La realidad regional al final del siglo XX y Directorio de profesionales para la investigación en el Caribe Colombiano.

 

No podemos dejar de subrayar el hecho de haber estimulado, sin  proponérnoslo, una discusión que desde hace tiempo anda en busca de un espacio de expresión: la relación entre nación y región, y concomitantemente, entre descentralización y autonomía regional.

 

RASGOS LINEALES PARA BOCETAR EL CARIBE:

Héctor Rojas Herazo. Tolú, Sucre. Narrador, poeta y pintor.

Hasta el momento, el Caribe – a pesar de su dramática belleza; de su tensión humana – es un tema virginal. Se habla de sus islas, de su radiosa ubicación, de su porvenir económico; pero como ocurre con la historia de los más famosos  espacios del planeta, como ocurre en general con los temas inagotables, quedamos siempre al tratarlo, con las manos vacías.

 

Para comenzar, diremos, por ejemplo, que en nuestro pueblo del caribe colombiano, se desarrolla un vivir silencioso por henchido de una imprevisible velocidad. Nos queda la impresión de que el hombre y la flor se consumen en instante. El hábitat, dura menos que el habitante. Por eso su forma de concebir la canción y ejecutar el canto es rítmica, internamente rítmica, pero triste. Hablamos del Caribe profundo. Del que nada tiene que ver con la publicidad turística ni con la alharaca estereotipada. De ese Caribe que, en todo sentido, es producto del sol y compañero de la noche.

Primero fueron sus poetas – José Zacarías Tallet, Nicolás Guillén, Jorge Artel, Donaldo Bossa, Castañeda Aragón – los que descubrieron su ritmo candente pero secreto, las brasas en que ardían sus tambores, ese lenguaje en que la violencia lumínica y la sombra se mezclan en explosivos silencios.

 

Después la novelística y la pintura. Alejo Carpentier y Wilfredo Lam, por ejemplo. Carpentier despertó en nosotros grandes esperanzas de una narrativa de arraigo. El reino de este mundo, en principio. Después derivó hacia un tipo de novela cultista que evaporó un poco ese olor a miseria y negredumbre, a huesos y sangre trabados en sufriente mestizaje, a historia ulcerada, que resplandecerá después –suavizada (o maleada) por un insofrenado cartesianismo- en El siglo de las luces.

Así mismo nuestra música popular – la cumbiamba, los cantos de velorio, el vallenato – es elegíaca. Este conjunto de formas y sistemas de expresión están allí, vigentes, esperando su definitiva incorporación a la novela, al cine, al teatro, a la plástica en general.  No tomados como simple muestrario, incluso como otro desventurado aspecto de turismo, sino como entidades nutrientes, como ademanes del paisaje y  hombre, como resultado de una trabazón dialéctica entre la carencia y sus instrumentos de superación por el humor disfrazado de conformismo, por el sufrimiento y por el llanto.

Al llegar a este punto, es  bueno insistir en que nuestros pueblos caribeños no tienen nada de alegres. Son pueblos desolados y tristes, oficialmente olvidados. El drama de las clases emergentes en la Costa Atlántica, motivo que ya empieza a perturbar a algunos narradores, surge de allí.

CARIBE Y UNIVERSALIDAD'

Germán Espinosa. Cartagena, Bolívar 1.938. Escritor.

Empezaré apuntando un hecho reciente: en la edición del Festival Internacional de Biarritz, de 1995, Colombia fue escogida como invitado de honor. En el marco del festival, se realizo un encuentro de escritores. La nómina de colombianos fue seleccionada por los propios franceses, y en ella, entre ocho escritores que fueron, se contaron cuatro de la Costa Atlántica: los señores García Márquez, Zapata Olivella, Quessep y Espinosa, lo cual se me antoja pleno de contenido.

¿Qué hizo que los organizadores europeos pensaran mayoritariamente en costeños -en hijos del Caribe- al elegir una nómina? La pregunta me atreví a formularla al comisario general del evento, señor Xavier d'Arthuys. Y la respuesta resultó también plena de contenido: en los departamentos de romanística de las universidades francesas, los citados escritores habían sido profusamente estudiados. 

No se trata, claro, de una circunstancia meramente feliz. Indica que la producción literaria del Caribe colombiano encuentra, en Europa, eco mayor que la del resto de la nación. Y la reflexión cayó de su peso: por ejemplo Luis Carlos López, al bosquejar paisajes, rutinas y personas del Caribe colombiano, lo hizo siempre apuntando hacia sus rasgos universales. Lo contrario -esto es, apuntar hacia rasgos distintivos- hizo el antioqueño Tomás Carrasquilla. El resultado es que, pese a los esfuerzos de mi amigo el admirable Kurt Levy y de la acerada prosa del autor en cuestión, éste no ha podido ser degustado fuera de su tierra. Los particularismos lo agobian; el sabor terrígeno lo torna críptico. Caso análogo perjudica a otros narradores y poetas andinos, a despecho de la fama que hayan acumulado en su entusiasta terruño.

Para mí, tal propensión del Caribe del y para el universo cobró hace mucho la fuerza de un destino. El mismo que fue placentera o dolorosa y sutilmente tramado, en otros tiempos, por el conspicuo cruzamiento de todas las razas del planeta: la dulce y aborigen cobriza, la meridional europea que llegó en las carabelas, la negra que arribó en las galeras y que acabó replegándose en este cálido entorno, la judía que irradió desde el foco libertario de Willemstad, la árabe que inmigró ansiosamente en los albores del siglo -cuando Turquía campeaba en la Anatolia-, la amarilla que nos acecha desde los restaurantes pintorreados por pabilos y farolitos, y la de todo el resto del globo terráqueo que se concentró en las naves piráticas de la Tortuga y cuya hórrida presencia dejó violadas a centenares de mujeres que retoñaron rubias pelambres escandinavas, zarcos ojos sajones, maldicientes belfos eslavos, embrujadoras miradas gitanas ...

Una gota de universalismo habría evitado esta tristeza. Una centella, una pavesa, como aquellas que alentaron en Núñez, en Darío, en Martí; que alientan en la cósmica música de las Antillas; que quisieran seguir  alentando en mí para poder decir, con toda la gente del litoral y del Mare Internum americano, que estamos hechos de la greda del mundo y que somos por y para el mundo.

1 Este texto fue tomado, con autorización del autor, de la revista Historia y cultura, de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena (Número 4, página 149).

EL ELAN VITAL DE NUESTRA GENTE CARIBE

MANUEL JOSÉ BONNETT LOCARNO. Ciénaga, Magdalena, 1939.

En la cultura caribe, el elemento humano que la conforma ha sido objeto del análisis antropológico y etnológico, pero lo que denominamos tal, se resiste a encuadrarse dentro de los marcos esencialmente científicos de un estudio de esa naturaleza para comprenderse mejor dentro de una perspectiva espiritual, poética diríamos, con un elan vital, muy característico, que la germina, encauza y determina, para usar aquí la expresión de Henri Bergson en La evolución creadora, y es que a este concepto llegamos mejor por la intuición bergsoniana que por el racionalismo cartesiano que todo lo somete a rígidas categorías matemáticas, olvidándose de las poderosas "razones del corazón", de que hablaba el célebre autor de Pensamientos.

Ese elan vital se muestra y se percibe pleno, en multitud de manifestaciones culturales que llevan el sello propio de esa cultura mágica que preludia ya en cierto sentido aquella raza cósmica, súmum del mestizaje, que anunciara don José de Vasconcelos en su momento, que bien podría ser consideraba vanguardia o afortunada avanzada espiritual del mismo.

Elan vital inconfundible que se traduce pleno en la sensibilidad intelectual de nuestro Gabo, de Cepeda, de Rojas Herazo y de tantos más que conforman esa legión emérita de escritores que hoy concitan la gratitud mundial; prosa, lírica y poesía como la de Luis Carlos López, Jorge Artel, Candelario Obeso, Daniel Lemaitre y la de nuestro Baudelaire criollo: Raúl Gómez Jattin, en cuyos versos de angustia y de tragedia se percibe la señal inconfundible del arcano que guarda celoso las claves de la vida y de la muerte; jardines de nuestros trópicos donde yace aún mostrando sus provocativos frutos el árbol bíblico de la ciencia del bien y del mal, para constante tentación de todos aquellos que con báquicos arrestos de músicos, pintores, escultores, cantores y junglare de todas especies, continúan sentados bajo su follaje, lira, paletao cincel en mano, para entonarle a la vida el interminable ditirambo de todas sus emociones.

Tenemos entonces que volver a nuestras raíces, escrutar nuestro pretérito, porque los pueblos deben conocer su pasado para interpretarlo y de esa manea volverse protagonistas de su futuro, que, como bien lo señala un pensador: “ La historia no nos dirá lo que debemos hacer pero sí nos puede indicar lo que debemos evitar”

En últimas se consolidaría la solidaridad social, que tanto nos hace falta, y los factores generadores de violencia comenzarían a perder peso dentro de la comunidad a medida que la tolerancia, y todo lo que ella trae consigo, logre entronizarse plena en ese renacer cultural que debe venir para que el odio, inclemente y voraz, dé paso al amor y a la comprensión; semillas, como son y serán por siempre, de todo bien y de toda bondad.

EL CARIBE QUE, COLOMBIA NECESITA

CECILIA LÓPEZ MONTAÑO. Barranquilla, Atlántico. Economista.

Las tres ideas que surgieron con más fuerza cuando emprendí el ejercicio de imaginar la Costa que quisiera para el futuro fueron: la conciencia de que nuestra región tiene que jugar un papel definitivo en la construcción de una Colombia nueva, la necesidad de cambiar la dirigencia política y la urgencia de construir un modelo propio de desarrollo. Ello de por sí ya sugiere una imagen de la Costa que queremos alcanzar, y supone el cumplimiento de unas condiciones por las cuales tenemos que trabajar.

Hay que diseñar una Colombia nueva, y si para ello debemos aceptarlas diferencias culturales y tomar lo mejor de cada región, cabe preguntarse qué podemos tomar de la Costa, qué rasgos puede aportarle el territorio caribe a ese nuevo rostro que imaginamos para nuestro país. Existen virtudes de la idiosincrasia costeña que resultan inapreciables para ese propósito: creatividad; cierto grado de audacia; irreverencia entendida como afán de renovación; capacidad para expresar y a la vez para introyectar las experiencias; franqueza.

En esa dirección, creo que para sacar adelante a la región caribe es urgente comenzar a tejer nuevos lazos entre sectores, clases y estamentos, y esa unidad tiene que darse sobre la base de una visión común de futuro, en la que se conjuguen los intereses específicos de la zona a corto, mediano y largo plazo, con los intereses que le son comunes a toda la nación.

Para tender esos puentes tenemos que buscar una alta participación de todos los grupos que se encuentran involucrados en el desarrollo de  la Costa y convocarlos para ser parte de un propósito, no por simple delegación, sino por el interés genuino de presentar un aporte intelectual, político y material a esa causa.

Hoy en día es injustificable que el veinte por ciento de la población de la Costa esté sub.-empleada y que el Producto Interno Bruto per cápita haya bajado hasta un 62 por ciento respecto al promedio nacional, después de haber alcanzado, en la década pasada, niveles del 75 por ciento.

Para remediar estas tendencias que amenazan el horizonte económico de la región hay que explotar, de manera inteligente y equitativa, las ventajas comparativas que han comenzado a configurarse en esta década, como son el auge de la minería, las nuevas oportunidades para la agroindustria, la piscicultura, la industria química y el sector de servicios.

Para volver a ser una zona propicia para el avance empresarial de Colombia, la Costa debe desarrollar su mercado interior de frente al país y al mundo, rompiendo, simultáneamente, el esquema extractivo y generando valor agregado en todos los frentes de la producción.

DE LA POBREZA AL BIENESTAR

MARÍA DEL ROSARIO GUERRA DE MESA. Sincelejo, Sucre, 1961.

No es fácil escribir sobre los sueños sin caer en la utopía y lo que menos quiero es ignorar nuestra realidad costeña y pasarme a un paraíso. De todos modos, qué placer es poder dedicar un tiempo y un espacio para dejar que fluyan todas aquellas ilusiones y ambiciones sobre mi región, la Costa Caribe.

Sueño con un gran proyecto de convergencia sobre los pilares del desarrollo estratégico de la Costa Caribe, para potenciar nuestros recursos humanos y naturales y para que la generación de empleo, la elevación de los ingresos y un mejor estar de los costeños, especialmente de ese 30% que por años ha estado marginado de todo beneficio, sea realmente nuestra prioridad, nuestro objetivo. Este objetivo no es difícil si congregamos todas las fuerzas vivas de la región alrededor de metas comunes de manera persistente, coordinada y desprovista de intereses personales.

Sí, en la Costa Caribe colombiana ya comenzó el cambio. Hay embriones en gestación en lo económico, en lo social, en lo institucional, en lo cultural y en lo político, que motivan y exigen nuestra contribución para que ese proceso de construir un futuro, cierto y esperanzador, sea pronto una realidad. Esas ideas de cómo visualizo ese futuro que muchos estamos gestionando es lo que quiero expresar.

Mi visión de futuro y pensando hacia el año 2030, es que la región haya logrado la unión de fuerzas y recursos, locales y foráneos, públicos y privados, y compartir las prioridades sociales, económicas, institucionales y políticas, que potencien su desarrollo.

Para lograrlo, tenemos que construir desde ya los cimientos. Cuatro son a mi juicio los pilares: la unión (liderazgo, cooperación, alianzas, asociaciones, núcleos), la educación (científica y técnica, especialmente); la participación (conciencia, veedurías, aportes de recursos, ideas, tiempo, escuchar y dejarse oír) y la transparencia (en la ejecución de las políticas, en las acciones, decisiones, negociaciones, y en el manejo de lo público).

Puede hacerse una Costa menos individualista y que busque más el beneficio de todos; con capacidad de generar más demanda y proyectos de desarrollo, menos sumisos en las decisiones y más actuantes en sus compromisos. Una Costa que rechace la corrupción y los vicios políticos; en donde haya más apropiación de la responsabilidad por el propio futuro; una región más equitativa y que supere las taras políticas del pasado. Una Costa en donde la fuente más importante de generación de empleo no sea el sector público, y en donde se potencie la creatividad y se apoye la creación de riqueza.

CON LOS OJOS BIEN ABIERTOS.

ALBERTO ABELLO VIVES Santa Marta, Magdalena, 1957.

Al finalizar el siglo XX, nuevas tecnologías en transporte, telecomunicaciones e informática dan soporte material al comercio y a las inversiones, estimulando la globalización de la economía y trayendo como consecuencia la más grande concentración mundial de producción y capitales, nunca antes vista. En esta época, la región caribe colombiana, que ya cuenta con más de ocho millones de habitantes, tampoco tiene fortuna. De estos ocho millones, casi cuatro millones son pobres, casi dos millones se encuentran en estado de miseria y cerca de un millón doscientos mil se encuentran en estado de indigencia.

En la Costa se observa con más crudeza la situación nacional; el atraso económico y la pobreza. La Costa es reflejo de Colombia; aquí se aprecian los resultados de un país que no culminó con satisfacción las reformas burguesas y no alcanzó a posicionarse entre las naciones industrializadas.

Aunque se dijo, que al Caribe colombiano le iría mejor con el giro hacia las políticas que conducirían a la internacionalización de la economía colombiana, ocho años después la realidad no muestra las bondades de lo que se ha llamado el nuevo modelo de desarrollo y, lo que es peor, la región se encuentra sumida en una grave crisis. Durante los noventas la economía regional crece a un ritmo muy inferior al promedio de la década anterior, presentándose años de crecimiento negativo; la industria y la agricultura han perdido participación en el producto interno bruto; el desempleo y el subempleo crecen. La industria nacional no se trasladó a la región y la Costa, no se convirtió en la región exportadora de Colombia, como se anunció. Un violento vendaval recorre la región cerrando fincas y fábricas y llevándose con él años de intentos por consolidar una base productiva.

Así como con las políticas mercantilistas la acumulación se efectuó en las naciones del centro, con la aplicación de las políticas neoliberales -que después de andar rondando por las academias desde hace décadas, sólo tomaron fuerza y adquirieron carácter de verdad universal una vez terminada la guerra fría- quienes han resultado beneficiadas han sido las enormes empresas multinacionales, mientras crece la desigualdad entre naciones y dentro de ellas.

Quiero a la Costa con los ojos bien abiertos durante el próximo siglo para encontrar el camino en medio de la oscuridad. El arribo al siglo XXI está lleno de interrogantes sobre la evolución de la economía internacional y de la llamada globalización.

Nos encontramos ante un mundo dividido. En la aldea global no todo es homogéneo. Las naciones no se encuentran en pie de igualdad y el intercambio no está basado en el beneficio recíproco. Ya hasta la misma Unctad ha advertido sobre cómo, a pesar de los drásticos controles a la inflación que se han generalizado, el pobre crecimiento y las mayores desigualdades se convierten en el distintivo de la nueva era. Una creciente concentración de la riqueza en manos de unos pocos está asociada con una inversión estancada, mayor desempleo y disminución de salarios.

Los tiempos de la globalización traen consigo nuevas estructuras de pensamiento y paradigmas de acción cuyo excesivo consenso no siempre deviene de un basamento científico. En efecto, en medio de tantas certezas ideológicas, poco es lo que hasta ahora funciona. Pero en nombre de la competitividad, el mercado y la eficiencia, el neoliberalismo sigue atropellando lo que encuentra en el camino, incluidos el concepto de región y las teorías relativas a su desarrollo.

Ciudades y territorios del mundo han sido lanzados a una feroz competencia por ser el destino de unos flujos de capital en busca de ganancias rápidas o de gangas en los mercados de trabajo. La autonomía local y regional, así como los procesos de regionalización están, nuevamente, a la orden del día.

 Cuando se trata, como en nuestro caso, de la salida del subdesarrollo, de la consolidación de una base productiva moderna y de la eliminación de la pobreza, se requiere, aún más, una dirección nacional unificada, el trabajo mancomunado de las autoridades centrales y locales y el reconocimiento de las regiones.

 En la marcha hacia el futuro hay que extraer lecciones del pasado  y del presente. A la región no le fue bien con el anterior modelo de desarrollo nacional; tampoco le va bien con la internacionalización de la economía. Y si esto es así, se requiere, entonces, transformaciones profundas. No se trata de reconocer lo evidente; se trata de buscar un nuevo camino, ya que no es posible seguir haciendo la reproducción mecánica de arquetipos que se nos presentan inalterables. Es necesario, para encontrarlo, discutir lo que resulta, hasta ahora, indiscutible.

NOTAS SOBRE LA RECONSTRUCCIÓN DE RELACIONES DE COLOMBIA EN LA CUENCA CARIBE 1

ORLANDO FALS BORDA. Barranquilla, Atlántico, 1925.

Un desarrollo futuro de la región caribe colombiana, aquella conformada por nuestros ocho departamentos costeños, sería insatisfactorio si no toma en cuenta las vinculaciones históricas, culturales, geográficas y económicas con las islas de las Antillas y con las costas de Centroamérica.

Esta tesis no es nueva. Pero implica, entre otras cosas no tan aceptadas, desbordar las actuales fronteras políticas de todos los países caribeños y replantearse otro tipo de nación dentro de la cuenca caribe; un tipo de nación distinto del que actualmente frena y limita el progreso de cada uno de nuestros países individualmente.

La premisa geopolítica de la regionalización se basa en que: necesitamos otro tipo de Estado-nación.                                                   

Es un proyecto ambicioso, quizás utópico en las actuales circunstancias pero que puede adelantarse en Colombia si aprovechamos las puertas abiertas por la Constitución de 1991, que pone las bases del ordenamiento nacional con la regionalización como eje organizativo.

Es lástima que los congresistas costeños no hayan impulsado decisivamente la aprobación de las leyes territoriales pertinentes que, como la de la región, fueron ambientadas hace unos años por la Comisión Constitucional. Apenas

algo se ha ganado con la Ley 388 de 1997 sobre planes obligatorios de ordenamiento municipal y departamental.

Si nuestro país, especialmente en sus actuales condiciones de violencia interna, no avanza en este campo, corre el riesgo de agitar fuerzas centrífugas que tratan de revivir consignas independentistas regionales, como las repúblicas de Antioquia y Arauca y, en efecto, como la república del Caribe que promovieron nuestros abuelos.

La importancia del Estado-región proviene de tendencias universales contemporáneas que muestran una crisis in atajable del Estado-nación. Se observa en cambio una recuperación de fuerzas de índole cultural, religiosas, ecológicas y económicas que reconocen y reviven lo local y lo provincial. A menos que se quiera terminar totalmente con el concepto europeo de nación centralizada, articular estas fuerzas geopolíticas nuevas constituye parte del reto colectivo para progresar en serio. Ello incluye no sólo a nuestro país sino también a los otros de la cuenca caribe con los que han existido vinculaciones de diversa índole.

Con estas sencillas notas quiero sugerir la importancia del tema de la unidad socio geográfica de la Cuenca Caribe y la necesidad estratégica que tenemos, como costeños, de reconstruir las relaciones culturales e históricas regionales que hemos tenido con el resto de la cuenca. Ello es cosa natural para nosotros los que nos identificamos con la Costa Atlántica, pero el esfuerzo puede tener, como antes, grandes consecuencias en el desarrollo del interior del país y hasta de todo el norte de la América del Sur.

No obstante, para inducir este tipo de trabajos se necesita que nos quitemos los visores que limitan nuestras concepciones geopolíticas, empezando con la idea que hemos heredado del Estado-nación, para adoptar en cambio una versión dinámica, realista y popular de la región.

Para lo primero –lo del Estado-nación- habrá que ir descartando el modelo europeo que adoptaron nuestros ancestros, modelo que está en crisis hoy en casi todo el mundo. Tendremos que ver, con este objeto, cómo se redefinen conceptos como los de frontera, límite, territorio, soberanía y autonomía. Ello lo permite, por fortuna, el título XI de la actual Constitución. Ésta es una tesis general que merece discutirse ampliamente con los colegas de todos los países de la cuenca del Caribe.

Para lo segundo -lo de la región- tendremos que redefinirnos con lo que ya tenemos, como es la realidad del litoral que ocupan los actuales departamentos costeños, donde se ha creado cierta conciencia de pertenencia común. Ésta es una buena base para proyectarnos hacia los pueblos del Caribe, es decir, para revivir raíces culturales, históricas y económicas que han estado allí latentes, esperando la oportunidad de renacer en un contexto más amplio, mundialmente competitivo y humanamente satisfactorio, como sería el del Estado-región.

Una próspera región caribe autónoma en Colombia, dentro del juego político constitucional, sería un paso adelante para impulsar el bienestar de nuestras gentes, actualmente afectadas por los más altos índices de necesidades insatisfechas. Un esfuerzo geopolítico de este tipo nos llevaría al siglo XXI con la frente en alto y con el orgullo de seguir sirviendo de vanguardia para el progreso general de los hermanos de la cuenca caribe, y de muchos otros pueblos de Suramérica.

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[1]Este es un resumen de algunas de las reflexiones  sobre el Caribe colombiano.

[2]Artículo preparado especialmente para esta publicación y presentado por el autor en el III Congreso Internacional sobre Desarrollo Humano: perspectiva siglo XXI. Universidad del Norte, Barranquilla, marzo de 1998.

 

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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .

(Músico pedagogo)

CONTACTOS:  marmusico@hotmail.com  -  Bogotá   Colombia

www.musicalafrolatino.com  

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