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FIESTAS TRADICIONALES RIBEREÑAS

Por: Edgar Rey Sinning

 

Desde tiempos inmemoriales los nativos de nuestro Caribe poseían festividades y celebraciones que se enmarcaban en el concepto de rito. Así lo evidencia el siguiente texto, una visión histórica al génesis de las fiestas del Carnaval.

 

La vida festiva que hoy encontramos en las riberas del río Magdalena es el resultado de los procesos de hibridación que se iniciaron desde los albores de la conquista del territorio por parte de los europeos y la presencia de los negros africanos. Cada uno de esos grupos étnicos aportaron elementos culturales que hoy se expresan en todas las manifestaciones festivas ribereñas, unas aparecen más que otras. Lo que nos muestra que el hombre es un ser único y que en cada espacio donde ha surgido define un tiempo y un espacio para las actividades que debe desarrollar tanto para producir como para reproducir su vida material. Dedica un tiempo especial para el disfrute del cuerpo, de la vida, del espíritu a través del baile, la danza, la transformación del individuo en otro por medio de las máscaras y disfraces, juegos, la variedad de colores, la risa, la música que produce un variado grupo de instrumentos musicales y de la misma voz humana, acompañados, esos actos, de otros tan importantes y significativos como la abundancia de bebidas embriagantes y comidas sin par. Se come y se bebe como si fuera la última vez, como si mañana se acabara el mundo o el individuo fuera a morir. En general los nativos festejaban por todo: una nueva vida, el casamiento, la proclamación de un heredero y luego su coronación, al terminar la construcción de una casa, el final de la labranza, la recogida de una cosecha, rituales festivos en los que se adoraba y homenajeaba un dios. En algunos, la llegada de la primavera, el invierno o el verano.

Danzas, bailes, música con instrumentos propios como los tambores, tamboriles, flautas, caracoles, fotutos, chirimías y tantos otros que producían música alegre y también triste, las que formaban parte de la fiesta como la abundancia en comidas, verdaderos banquetes, bebidas de
maíz, yuca, batata y de otros productos que la naturaleza le brindaba y que los nativos conocían sus cualidades etílicas. También hay juegos, máscaras y disfraces, desenfreno sexual y todas las manifestaciones que caracterizan las carnestolendas cristianas.

En la Gobernación de Santa Marta los castellanos testimonian actos festivos y rituales en los cuales los habitantes de estas tierras gozan la vida, en 1534 se comenta que eran muchas las borracheras de los nativos. Algunos testimonios dejados por cronistas así nos lo confirman, en muchos de los casos son oficios que sacerdotes o autoridades civiles enviaban al Rey informándole tal situación y quejándose de la falta de interés de los aborígenes por el trabajo y achancándole la pobreza de la Gobernación a tal actitud. En algunos casos se acusaba a esas mismas autoridades por ser permisibles frente a estos actos festivos denominados por los europeos como “ofensivos a Dios”.

Reseñemos varios documentos que testimonian la actitud festiva de los nativos ribereños: el arzobispo del Nuevo Reino de Granada, Fray Luis Zapata, le escribió al Rey Felipe a través del Capitán Martín de Mendoza, don Juan de Vera y del Licenciado Juan López, un oficio extenso sobre los problemas indígenas y eclesiásticos, en uno de sus apartes afirma: “Mal común es en todas las Indias las borracheras que los indios hacen y las ofensas de Dios gravísimas que allí se cometen. Y en este Reino se les prohíbe menos que en otro ninguno. De lo que yo he visto en ellas, se matan unos a otros y se hacen incestos gravísimos de hermanos con hermanas, padres con hijas y otros pecados muy graves. Será necesario que Su Majestad mande con gravísimo rigor se quite esto de todo punto,...”. El grado de grave es para los extraños, para los recién llegados, los intrusos, pero no para los nativos. Para Eduardo Galeano los Tayronas inician la guerra para hacer el amor, por eso todos los pueblos alrededor de la Sierra Nevada de Santa Marta “se alzan por la libertad del amor”, ya que “desde lo más lejano de los tiempos, en estas tierras se divorciaba quien quería y hacían el amor los hermanos, si tenían ganas, y la mujer con el hombre o el hombre con el hombre o la mujer con la mujer”, hasta que aparecieron los españoles y condenaron todo aquello que ellos hacían a escondidas, pero que entre los nativos era costumbre.

Un documento muy significativo que nos permite apreciar el valor de la fiesta para los nativos ribereños lo constituye el producido por Antonio Rodríguez de Medina, alcalde de Tamalameque, el Licenciado Francisco Gómez Rondón y por el Vicario Alonso Bermúdez, solicitado por el Gobernador de Santa Marta, Don Lope de Orozco, quien a su vez había recibido orden del Rey Don Felipe de España, y fechado en San Miguel de las Palmas de Tamalameque el 5 de marzo de 1579, en el cual se reseñan todas las actividades y características de la provincia de Santa Marta, y afirman los europeos que “cuando no ocupan el tiempo en borracheras, que entre ellos son continuas, lo gastan en dormir”. Determinante en la vida espiritual de los nativos son las fiestas y estas borracheras, cuya bebida la extraían del maíz y la yuca de los que ellos producen “cierto género de bebida o vino” que estos aborígenes llaman “man” o simplemente “chicha”, que llegó hasta nosotros. Un cronista comenta que al: “yndio prencipal le tributaba toda la tierra, en esta forma: que a su tiempo le
acían todos una gran roc(z)a de mayz y su yuca tanbyen le senbraban y coxían, y este prencipal, desde mayz y yuca que le coxían acía el gran borrachera de mucha chicha y benya toda la tierra a beber, que duraba ocho y doze y quince días y todo el tiempo que duraba el trabaxar los yndios, abya borrachera de noche y a la madrugada...”.

Pero ese no era tributo sólo de los “jefes” o “principales”, porque los otros indios hacen lo mismo, ya “todos hacen borracheras tan desordenadas e inconsideradamente que pudiendo con lo que cogen pasar el año sin padecer necesidad, lo gastan y consumen en sus convites y bebidas que cada día hacen. En las cuales tienen este orden: que al primero que coge su maíz convida a los demás de todo el pueblo y aún a los convecinos, y del dicho maíz y de una raíz de un palo que entre algunos se llama entaha y acerca de otros, enbutac que comúnmente entre españoles llaman yuca, hacen cierto género de bebida o vino que asimismo entre los españoles llaman chicha, nombre propio de ella en el Perú y en esta lengua se llama man, juntamente en casa del que convida (y) beben dos o tres días y a veces más y embriáganse como con vino”: Pero los españoles se escandalizaban por todo, porque los nativos conviven en forma incestuosa, porque son “flojos”, porque andan sin vestidos y el pudor no los abochorna, no viendo que la malicia, la morbosidad no estaba en el pensamiento del nativo sino en el del hombre civilizado, de ahí que se escandalicen por la forma “irracional” de nuestros antepasados para utilizar el maíz.
Lo cierto es que los aborígenes ribereños eran festivos, tomaban en exceso. Los jolgorios son muy dados inclusive en los días de muertos, ya que con la misma ceremonia fúnebre nace cierta fiesta tradicional, lo que nos aproxima a los orígenes de la cumbia, que tiene muchas diferencias con el mapalé traído por las personas negras. Preocupado, Francisco Guillén Chaparro, cuando describe las costumbres (entre ellas las fiestas que, por haber tantas, los nativos no cultivaban la tierra o sencillamente no trabajaban) se atrevió a presentar una solución: “no permitiendo que hagan borracheras, cantos, ni bailes, porque de allí salen los sacrificios (e) idolatrías, haciéndolos trabajar con moderación de manera que no estén jamás ociosos”.

Otra práctica entre los nativos ribereños era la de pintarse el rostro con “bija, que es colorada” y cuando estaban borrachos se untaban primero una goma y sobre ella la bija, con lo cual lograban mantener el color durante largo rato. Por eso los castellanos al pasar por las riberas del río de la Magdalena no dudan en afirmar que el vicio mayor de los nativos es el beber y que eso era igual para todas las tierras del Nuevo Mundo.
Clave para comprender el devenir de la fiesta ribereña son las borracheras de los nativos porque ellas están acompañadas de los sonidos alegres que se producían al golpear un tronco hueco, tambores chimilas, como también de gaitas. (En la descripción de la Villa de Tenerife en 1580 se narra: “Y quando les parece especialmente el yndio que tiene yndias, que le muela y mazquen la chicha, acen cantidad y acen fiestas unos a otros u el que quiere que le ayuden para hacer su roza o su buyo (bohío) les ace esta fiesta”. En torno a los músicos, los participantes de los convites iban murmurando, posiblemente eran lamentos por la invasión europea, posiblemente no deseaban seguir viviendo en estado de sojuzgamiento. Según las nuevas condiciones, trabajaban mucho y las cosechas de maíz y de yuca eran consumidas en forma “irracional”, como lo veían los españoles.

Pero realmente, esa aparente “irracionalidad” sí era parte de la racionalidad del pueblo Caribe. Es el mismo comportamiento de los griegos o babilonios que se dedicaban durante muchos días al festín, o se entregaban en brazos de Dionisio o Baco, en el caso de los romanos. Además, el concepto de alienación como producto total del trabajo asalariado no existía, no era tenido en cuenta, como tampoco el de acumulación de riqueza para vivir mejor, por el mismo hecho de no existir una división de clases en la sociedad, era lo mismo tener o no tener. Lo importante era producir para consumir y no para amasar fortuna. De ahí que para los españoles eso era anormal, patológico, anómico.

Los Chimila a sus viviendas y sitio de adoración le llamaban caney, donde se juntaban para beber, bailar y celebrar fiestas en honor de algún ídolo a quien pedían vaticinios y protección. “Son viciosísimos de sus mujeres, recogiendo cuantas pueden sustentar”, que es lo que más les agrada. A mediados del siglo XIX (1876) el francés Luis Striffler informa que los nativos se han convertido al cristianismo y por lo tanto cumplen con el sacramento del bautismo, de ahí que cuando lo practican a sus descendientes salen a San Ángel y se emborrachan con aguardiente, que según el europeo “todos los indios aprecian mucho los licores destilados”.

Debe señalarse que en todos los pueblos americanos, incluidos los chimilas, en las fiestas participaban hombres y mujeres. Igualmente
poseían sus mitos y leyendas en las cuales encontramos elementos propios de una cultura fuerte espiritualmente.

Gerardo Reichel Dolmatoff en sus trabajos sobre estos nativos narra mitos y cuentos, entre los cuales podemos destacar el del hombre que soñó que un caimán se lo tragó, que estamos seguros que está relacionado con la leyenda existente en Plato del ‘Hombre-Caimán’, que como leyenda ha originado una danza cuyo centro es la transformación de un hombre en mitad humano y otra animal. El cuento chimila de ‘La Mala Mujer’ es la descripción de un hombre adornado para asistir a una fiesta, ya que tenía la cara y todo el cuerpo pintado con achote, tenía hilos enrollados por todo el cuerpo, estaba vestido con falda nueva, una cinta sobre el pecho, una corona de plumas “y en la espalda le colgaba la cola de una guacamaya. En los brazos también tenía pegadas muchas plumas pequeñas. Así el hombre estaba parado como para ir a fiesta, con arco y flechas y macana”. La pintura con achote era tradicional entre estos nativos para ceremonias especiales y para la misma guerra. Para animar las fiestas y otras ceremonias los chimilas tenían tambores grandes que elaboraban ahuecando con fuego un tronco conocido entre ellos como mbrí-úca, tenían también un tambor pequeño para ceremonias fúnebres, tenían flautas verticales; se encontró carrasca, silbatos de semillas secas, maracas, además el zumbador y el bastón de ritmo.

Fueron muchos los intentos de los españoles por acabar con prácticas que, según ellos, ofendían a Dios. Pero los holandeses y los franceses, menos cristianos que los ibéricos y queriendo permanecer en amistad con los nativos, no sólo permitían sino que animaban a los aborígenes para que tuvieran “muchas mujeres, y concubinas cuantas querían, aplaudían las francachelas y borracheras, les aconsejaban que no se cuidaran de leyes, ni de religión, que viviese cada uno a su libertad”.

Antes de terminar esta parte es preciso comentar que nuestros nativos, como todos los de América, tenían sus areytos, es decir, cantos, que traducían como ‘Bailar cantando’, poseían danzas que hoy una de ellas: la cumbia, no sólo como danza sino también como música, constituye la nacionalidad colombiana; sus fiestas recibían nombres como Entai o Convites; además de las bebidas utilizaban en sus prácticas rituales el Jayo o Coca, y según los españoles eran nuestros antepasados magdalenenses ociosos, de ahí las medidas y recomendaciones permanentes para combatir tal “pecado” contra Dios.

Como puede apreciarse, nuestros nativos poseían sus actos, sus tiempos y espacios para el disfrute del cuerpo y de la vida, esa vida espiritual llena de vitalidad mil veces criticada y sancionada como pecaminosa, pero tan válida como la europea, africana o asiática. Ese hombre que mantiene una estrecha relación con la naturaleza también lo hace con sus dioses que necesitan de sus ceremonias que incluyen sacrificios y pagamentos. Vida festiva, vida vivida, llena de goce colectivo y alegrías, de nuestros nativos encontraron los castellanos en la antigua Gobernación de Santa Marta.

 

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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .

(Músico pedagogo)

CONTACTOS:  marmusico@hotmail.com  -  Bogotá   Colombia

www.musicalafrolatino.com  

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