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EL ESPÍRITU CARNAVALERO DE JOSÉ MARÍA PEÑARANDA
Por: Ariel Castillo Mier
La prueba reina del artista auténtico es la creación de un estilo
que permite identificarlo con sólo acercarse a su obra. José María Peñaranda es,
sin duda, un músico popular que supo imprimirle a sus creaciones un sello tan
propio en sus temas y en su expresión que le permitió consolidar una escuela
cuyo antecedente más remoto entre nosotros fue el olvidado Ángel María Camacho y
Cano, y en la que se destacan artistas como Calixto Ochoa, Alberto Pacheco,
Julio Herazo, Esteban Montaño, Aníbal Velásquez, Morgan Blanco, Dolcey Gutiérrez
y Pedro ‘Ramayá’ Beltrán, entre otros. En todos sobresale la presencia de una
música alegre, festiva, que incita al baile y unas letras picantes, ingeniosas,
para provocar el estallido liberador de la risa y del desorden.
Las palabras en las canciones de Peñaranda se cargan casi siempre de un sentido
especial, malicioso, risueño, e instauran un sistema particular de relaciones
analógicas en el que los seres parecen dejar de ser lo que originalmente. Una
estrofa de la canción ‘La batea’ nos ilustra esas ocurrentes traslaciones de
sentido que identifican a las letras de Peñaranda: Los hombres somos las moscas/
las mujeres son la miel/ las suegras son las avispas/ que no nos dejan comer.
Pero Peñaranda, en sus canciones más destacadas, no se conforma con este
ingenio, va más allá, y apoyándose en el imaginario de los pueblos del Caribe le
imprime a las palabras un segundo sentido, casi siempre asociado con las
intensidades del sexo, en el que todo tiende a ser otra cosa: la cucaracha deja
de ser ese repelente y tozudo insecto habitante de los sitios nauseabundos y ya
no se les mata con el zapato, sino con el palo; de la misma manera, el bate
pierde su carácter de instrumento deportivo y el gato negro peludo pierde sus
hábitos felinos y el chorizo su potente colesterol, y el guineo, los huevos, la
mantequilla y los limones se convierten en órganos sexuales y el oficio inocente
de Teresa de repartir el pan de día y de noche adquiere connotaciones
pecaminosas. En la canción ‘La inyección’ el acto simple aunque doloroso de
aplicar una inyección se carga de elementos eróticos, procaces: Cuando le
enterró la aguja/ se puso ella a corcovear/ y le dije no te muevas/ que me la
vas a quebrar/ Te la clavo muy pasito./ Quédate bien quietecita,/ y cuando el
líquido salga,/ te la saco con mañita./ ¿Te duele mucho? ¿Te duele?/ Dime si
sientes dolor./ Y si no te duele nada,/ yo te pongo otra inyección.
Como caribeño errante, Peñaranda fue un músico versátil. Conocedor del folclor
en la mata, pues en su infancia y en su adolescencia se movió por diversas zonas
del Caribe continental e insular (de la Zona Bananera del Magdalena a San Juan
de Puerto Rico y a Panamá), supo interpretar a cabalidad la música de acordeón
tanto en el estilo vallenato como en el tropical bailable: con la misma eficacia
componía y ejecutaba un paseo y un paseaíto, un porro y un merengue, una cumbia
y una guaracha y sin perder la esencia local supo apropiarse de influencias
extranjeras, en especial, la de la música cubana.
A través de sus composiciones en las que sobresale su carácter narrativo
inmortalizó personajes típicos con nombre propio como Rosa, Teresa, Juana, o
sobrenombres como ‘El chinito’, y personajes anónimos como el lechero, las
secretarias, el peluquero, el chofer, la policía y las suegras. Sobresalen
asimismo los pegajosos estribillos de sus canciones, juegos de palabras como
“sin saber para qué ni para qué no” o “pan, pan, pan, panadero pan, en las
calles de San Juan” y en especial el de “Se va el caimán, se va el caimán, se va
para Barranquilla”, que ha hecho más por la difusión de la ciudad, que todos sus
gobernantes juntos.
La obra de Peñaranda encarna el espíritu carnavalesco del barranquillero, su
irreverencia, su imaginación desbordada capaz de poner el mundo al revés, su
talante perequero, mamador de gallo, dado a utilizar el doble sentido y también
el sentido directo, sin pelos en la lengua, pero también sin perder el humor,
como ocurre en la inmortal ‘Ópera del mondongo’, (obra maestra de las letras
sicalípticas, como diría un periodista de otros tiempos) que se atreve a llamar
al sexo por sus nombres familiares
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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .
(Músico pedagogo)
CONTACTOS: marmusico@hotmail.com - Bogotá Colombia
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