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WOODSTOCK

Por: Rodolfo Insignares Del Castillo

 

“Carlos Santana en su plenitud creadora e interpretando el rock latino que posteriormente jamás volvería a interpretar del mismo modo, y James Brown liderando las versiones del sespampanante rock negro son algunas de las estampas del memorable evento”

Por Rodolfo Insignares Del Castillo

Más que un fenómeno musical, el festival de Woodstock de 1969 representa el símbolo de la drástica ruptura generacional ocurrida en los años sesenta en Occidente. Muchos no sabrán a fondo de él, como tampoco de otros eventos y personajes universales agolpados en la historia reciente de la civilización; por el aislamiento involuntario, por la vertiginosidad informativa de la postmodernidad, o simplemente por la costumbre de admitir como principales hitos históricos las guerras, los golpes de Estado, las revoluciones sangrientas, los magnicidios, los atentados, y recientemente, los huracanes y tsunamis.

Woodstock no fue nada de eso. Fue todo lo contrario. Una nueva forma de hacer historia y desde una perspectiva absolutamente contraria a la misma; al punto de no haber quedado registro pleno suyo en la memoria de sectores o agentes de generaciones previas; como tampoco de posteriores y actuales, algunos de cuyos integrantes si acaso lo habrán escuchado mencionar.

Sin embargo, la historia se escribe y se rescribe continuamente y el paso de los años se encarga de rescatar y ponderar la importancia de determinados eventos.

Formalmente es reseñado como un peculiar concierto rock que durante tres días seguidos congregó en un sector rural estadounidense a un sinnúmero de agrupaciones representativas de este género musical. Pero en particular fue una inequívoca señal de la fortaleza del hasta entonces menospreciado movimiento hippie, nacido éste fragmentaria y espontáneamente de la rigidez de los hogares de los años sesenta; del seno de familias ortodoxas estructuradas y manejadas por padres de mano férrea, quienes entre otras aspiraciones unilaterales pretendían que sus hijos perpetuaran sus apellidos, sus valores, sus sueños; que estudiaran las profesiones que les definieron antes de nacer; que contrajeran matrimonio por vía legal con las parejas seleccionadas; que se comportaran de idéntica forma a como ellos se comportaron en su juventud, y en general, que reprodujeran tal cual la sociedad que les estaban entregando.

Diversos himnos de esperanza surgieron entre tantos jóvenes hastiados del destino predefinido, y además, en extremo agobiados por el evidente perfil bélico de las naciones civilizadas en su desenfrenada carrera armamentista; por la obligatoriedad de ir a combatir a Vietnam, inmiscuyéndose los norteamericanos en una contienda que no les generaba patriotismo ni alguna otra actitud motivadora de carácter convencional; por mister Hoover y su CIA persiguiendo fantasmas comunistas en todos los rincones del país y en las naciones de su influencia; por la algarabía demagógica del socialismo de Estado que Stalin legó a sus sucesores; por la bipolaridad y la guerra fría en su punto más delicado con la crisis de los misiles y el casi inminente estallido de la Tercera Guerra Mundial.

Y en lo interno, tras el lastre dejado por los asesinatos de los líderes pacifistas Martin Luther King y John F. Kennedy, estos jóvenes se mostraron cansados de la odiosa responsabilidad de acogerse a imposiciones políticas, religiosas o sociales, sin permitírseles reflexión o contradicción alguna; de la asfixiante educación bancaria o conductista haciendo su agosto; de la arrogancia y el narcisismo de sus ancestros creyendo haberlo hecho todo a la perfección; de no ser reconocidos los nuevos como personas cambiantes sino como productos ensamblados y dirigidos hacia las finalidades específicas que nunca les consultaron.

Esta nueva generación, molesta, inconforme, comenzó a dar pasos completamente contrarios a los que deseaban sus predecesores. Los jóvenes ingleses y norteamericanos de los años sesenta se dejaron crecer el cabello descuidadamente y vistieron lo más estrafalariamente posible para no parecerse a sus engominados progenitores; a practicar el amor libre y a consumir droga abiertamente, y en especial, a producir una música estridente que rechinara en los oídos de sus mayores.

La armonía de los clásicos o los ritmos cadenciosos que incluso en los inicios del rock and roll convidaron al baile exquisito, o al menos visualmente aceptable, fueron de repente eclipsados por una ensordecedora maraña de ruidos y gritos y por una sinfonía de contorsiones que más bien evocaban el manicomio o el propio infierno. Y sobre todo, lo más distante posible de los malsanos y repudiados intereses comerciales –un objetivo que sin embargo nunca lograron consolidar a plenitud porque hasta el concierto mismo pasaría años más tarde a ser una marca registrada.
Mas cuando se pensaba que todo eso era sólo un snob, una moda pasajera, una conducta social transitoria, apareció Woodstock en una dimensión inesperada; un evento rock como cualquier otro al que se suponía habría de acudir un buen número de personas pero no tantas; que terminó congregando una exagerada multitud y perturbando la tranquilidad del sueño norteamericano; suscitando una inimaginable demencia colectiva que bajo el lema o el pretexto de hacer el amor y no la guerra reivindicó de paso la necesidad de un mayor respeto a la madre naturaleza; entonó el cuestionamiento a los horarios rigurosos y a la vida mecanizada y alienante de la esplendorosa sociedad industrial que ya reconvenían Fromm y Chaplin, entre otros; que repudió el encasillamiento profesional y laboral, el autoritarismo paterno, el menosprecio a las diferencias culturales por las tendencias racistas o por los intereses económicos y políticos expansivos. Y en cuanto al abierto e “inocente” consumo de drogas alucinógenas, éste no fue sino una respuesta directa a la sociedad alcohólica y tabacalera que legalizaron sus anteriores.

Woodstock significó una clarísima voz de alerta para la sociedad versificadora y formalista occidental; en especial para los sectores conservadores de la política, la religión, la educación, la industria, el arte. Más que un evento musical hoy se lo contempla como una metáfora de la revolución pacífica no programada o no inducida; como la desobediencia civil en su cúspide respaldada por una “música absurda elaborada a conciencia”, la cual, por supuesto, no necesariamente buscaba refugio o sosiego espiritual en la armonía sonora o en el tradicional estado hipnótico de los verdes del Tío Sam.

En uno de sus tantos videos se ofrece un recuento minucioso de este festival, relatado informalmente por sus organizadores veinte años después e intercalando en el documental la irrepetible actuación de Janis Joplin, la anti-diva gorda, estrambótica y gritona que se encumbró a la fama en medio de una acre disputa pública con sus padres; la de Carlos Santana en su plenitud creadora e interpretando el rock latino que posteriormente jamás volvería a interpretar del mismo modo; la de James Brown liderando las versiones del despampanante rock negro; la de Joan Báez denunciando en la letra de sus canciones o en los intervalos la persecución de que era víctima con su esposo por haber sido tildados de comunistas; la del irreverente grupo The Who, reventando sus instrumentos musicales en plena tarima; la de Joe Cooker y sus perros rabiosos; la de Jimmy Hendrix y su estentórea guitarra eléctrica imitando el sonido de los aviones de la guerra o el sagrado himno estadounidense; y la de otros tantos que contribuyeron a esa desenfrenada orgía de música, naturaleza, libertad, paz, amor y droga, que le ratificarían al gobierno norteamericano el inconformismo del pueblo joven con la inútil y desgastadora guerra del Vietnam, cerrando filas en contra de seguir siendo seleccionados para una contienda en la que definitivamente no tenían arte ni parte. No tenían velas en ese entierro.

Muchos años después, rememorando, Forrest Gump confesaría que ante una vereda saturada de invisibles y mortales minas antipersonales, repasando uno a uno los asustados y casi infantiles rostros de sus compañeros aguardando el desenlace fatal, pensaría atribulado, paradójicamente en el máximo punto de su capacidad introspectiva: “¡Allí estábamos todos los jóvenes de entonces!”.

Obviamente un video como el mencionado no es para contemplarlo bajo el prisma de las preferencias musicales. Quien se considere afiebrado de vallenatos, rancheras, champetas o valses no lo entenderá; como tampoco el encumbrado rockero comprenderá un video saturado de Diomedes Díaz, Pedro Infante, El Sayayín o Mozart. Siempre estará latente el imperativo de despojarse temporalmente de preferencias y otros condicionamientos psicológicos para poder comprender lo cultural, lo social o lo humano en el trasfondo de un espectáculo de este tipo.

En nuestro caso, con Woodstock, sería necesario que el neófito se concentrara más en la actuación de los protagonistas y no tanto en sus melodías; en el rostro del público al escucharlas; en las relaciones lúdicas planteadas entre múltiples pares de desconocidos; en la rebeldía colectiva tácitamente pactada; y en general, en la nueva y muy diferente atmósfera que se construyó a partir de esos tres días de 1969, que lamentablemente serían también preámbulo del prematuro fallecimiento de no pocos artistas que prefirieron la autodestrucción personal inmolándose en la droga, que someterse a una sociedad edificada sobre la base de las apariencias, de la doble moral, y que entre otras grandes herencias le estaba dejando a sus hijos y nietos nada menos que el récord de dos devastadoras guerras mundiales narradas luego con inusitado orgullo por los vencedores, y el ya irreparable deterioro del Planeta Azul.

 

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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .

(Músico pedagogo)

CONTACTOS:  marmusico@hotmail.com  -  Bogotá   Colombia

www.musicalafrolatino.com  

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