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Por: Manuel Antonio Rodríguez A.
En
distintas poblaciones a lo largo y ancho de la geografía Caribe colombiana se
cultivan desde tiempos inmemoriales un sinnúmero de prácticas danzarias y
sonoras conocidas como el complejo de los bailes cantados, que en su esencia no
son más que representaciones espontáneas de cantos, toques y bailes, en cuya
organología musical intervienen instrumentos de percusión, palmas o tablas,
guacharaca y maracas en algunas ocasiones, coro o canto responsorial y versos
libres. Dichas prácticas son el resultado de largos procesos de hibridaciones
culturales, sociales, políticas, religiosas, económicas y de otros factores.
La música y la danza constituyen un patrimonio artístico y cultural inherente a
la población del Caribe colombiano. Así, las celebraciones, conmemoraciones y
festividades de tipo religioso, profano, patronal, cívico, patriótico y demás
han estado acompañadas de canto espontáneo, toques de tambor, baile colectivo y
en muchos casos el consumo de bebidas alcohólicas. Así, las fiestas de San Juan
y San Pedro (durante el mes de junio), día de Santa Catalina (25 de noviembre),
fiesta de la Pascua (25 de diciembre), fiesta de los Reyes Magos (6 de enero),
fiesta de San Sebastián (20 de enero) entre otras, han sido un motivo para las
congregaciones masivas en muchas poblaciones ribereñas.
Los bailes, de acuerdo con la región y el acompañamiento musical, varían. Por lo
general, en las poblaciones con asentamientos indígenas predomina el baile de
forma circular, sereno y pausado. Mientras en los poblados con arraigo afro son
característicos los movimientos exóticos y las flexibilidades de los danzantes.
Estas manifestaciones repentinas dinámicas reciben influencias externas, formas
de adaptaciones, asimilaciones, evoluciones y transformaciones (pérdidas y
ganancias), debido a los cambios sociales y los desarrollos de cada época y de
cada generación. Una de las características principales de las músicas
regionales es que han sido transmitidas por medio oral de generación en
generación, es decir, no han sido objeto de estudios académicos de tipo
musicológico sino por el aprendizaje empírico.
Ellas son expresiones generadoras de valores intrínsecos, pues permiten a las
comunidades reconocerse histórica y locativamente, además, fomentan el espíritu
de convivencia y respeto en los procesos de diversidad multicultural e
identidad. No obstante presentar rasgos en común, la cultura musical Caribe
colombiana carece de homogeneidad total, es decir, la riqueza y la cantidad de
especies y patrones artísticos varían de una comunidad a otra.
Son distintos los formatos y las formas musicales que regularmente se ejecutan
en distintas regiones. Cada zona tiene a su vez estructuras y esquemas rítmicos
muy particulares, golpes peculiares, cantos y tonadas propias, versos natos, y
lo más complicado, calificativos caprichosos, arbitrarios y especulativos en
cuanto a la designación de los estilos musicales vernáculos. En algunos casos se
toman como referencias nombres de géneros populares europeos como ‘fandango’, ‘zambapalo’,
‘tuna’, etc., otros por extensión los asocian al plano organológico como la
‘tambora’, ‘chuana’, ‘gaita’ (estos dos últimos para los conjuntos de gaiteros),
igualmente se relaciona la fauna, la flora y el entorno ambiental e histórico
para denominar aires como ‘pajarito’, ‘mapalé’, ‘garabato’, ‘bullerengue’,
‘chalupa’, etc.
En el lenguaje popular es frecuente escuchar los términos ‘ritmo de’, o ‘aire
de’ para designar lo que en teoría musical técnica se conoce como ‘género’ o
‘forma’ musical, lo cual consiste en escuchar y discriminar auditivamente las
semejanzas y diferencias estructurales de las formas musicales.
Una
clasificación taxonómica de los distintos géneros musicales y modalidades de
baile en esta región es tarea muy complicada puesto que existen diferencias en
cuanto a terminología se refiere de una población a otra, es decir, la forma
como se determinan los estilos musicales difiere mucho en cada región. En
consecuencia, se hace necesario un análisis musicológico en aras de comprender
cada forma, cada modalidad de baile, cada muestra de versos y coros, en fin, es
un reto y tarea obligada para investigadores, musicólogos y demás estudiosos del
quehacer musical Caribe. Una constante en la música tradicional del Caribe
colombiano consiste en acentuar el cuarto tiempo en los compases binarios y el
tercer tiempo en los compases con subdivisión ternaria. Las músicas de tradición
oral de esta región son ricas en el aspecto rítmico percusivo, muestran riqueza
en la complejidad e irregularidad métrica, lo que las hace atractivas e
interesantes tanto para bailadores como para melómanos.
Sigue habiendo confusión en cuanto a las variadas denominaciones genéricas con
respecto a estas expresiones, tales como músicas folclóricas, locales,
regionales, raizales, étnicas, campesinas, mulatas, esotéricas, mágicas,
mestizas, populares, nacionales, tradicionales, etc.
Una vista panorámica aproximada del acervo tradicional musical nos podría ubicar
geográficamente en cuatro subregiones donde mayormente se cultivan todas estas
especies artísticas que se conocen genéricamente como los ‘bailes cantados’, en
cuya organología musical no intervienen en su ejecución instrumentos melódicos
(pitos atravesaos o pitos cabeza de cera), sino por el contrario, se destacan
los instrumentos de percusión (tambores de amarre), cantos y bailes.
La subregión de la Depresión Momposina, en el departamento de Bolívar, la cual
comparte límites con los departamentos del Cesar y Magdalena, hace parte del
ecosistema estratégico constituido por la confluencia de los ríos Grande de la
Magdalena, Cauca y San Jorge. Su territorio cubre tanto unidades de paisaje de
colinas o sabanas como llanuras de inundación. Allí, a su vez, se forma una red
de brazos, como los de Loba, Mompós, Morales, Simití y Quitasol. Los primeros
pobladores de estas regiones fueron aborígenes de las tribus chimilas y malibúes.
La llegada de los conquistadores españoles y la incorporación de negros esclavos
a las jornadas laborales de la región dio como resultado un proceso
transcultural de hibridación multicultural. Los estilos musicales predominantes
en esta región son dos complejos con múltiples variantes, el chandé y la
Tambora.
En distintas poblaciones ribereñas en la región de Loba y algunos municipios del
sur del Cesar, como Altos del Rosario, Barranco de Loba, San Martín de Loba,
Hatillo de Loba, Magangué, Morales, San Pablo, Simití, Cantagallo, El Peñón,
Tamalameque, Chimichagua, El Paso, Chiriguaná y Gamarra, entre otras, la Tambora
como género musical se convierte en la principal manifestación cultural de la
región. Con este nombre se conoce una modalidad de baile, canto y toques donde
intervienen una tambora o bombo (tambor de forma cilíndrica de doble membrana),
ejecutada con dos golpeadores o baquetas, cuya posible procedencia apunta a ser
una réplica del tambor militar europeo, un tambor de forma cónica llamado ‘currulao’,
palmas o tablitas (gallitos) ejecutados a tiempo, versos de inspiración
repentina y coro responsorial. En los últimos años han surgido nuevas
modalidades como la ‘Tambora-Tambora’, el ‘berroche o pereque’, y la ‘guacherna’
(escúchese ‘Se encojó mi caballito’).
Entre tanto, en municipios, corregimientos y caseríos aledaños a Santa Cruz de
Mompox como Talaigua Viejo, Talaigua Nuevo, San Sebastián de Buenavista, Santa
Bárbara de Pinto, Margarita, El Banco y Guamal, entre otros, el chandé se
considera alma y expresión de los acontecimientos colectivos. El término ‘chandé’,
igualmente, significa jolgorio, festín, parranda, reunión. Existen variantes
métricas, es así como en la región de Talaigua se interpreta en compás de seis
octavos (escúchese ‘Los pozos brillantes’), mientras en la región de San
Sebastián se cultiva un estilo conocido como ‘brincao’ (escúchese ‘Pajarito volá’).
Es preciso resaltar que lo que se conoce como ‘chandé pascuero’ en esta
subregión momposina es totalmente distinto a lo que en el Caribe y en muchas
partes del país denominan chandé, el cual se refiere a un aire de ‘garabato’ o ‘Pajarito’,
muy relacionado con la obra insigne del maestro Antonio María Peñaloza rotulada
‘Te olvidé’, grabada en el año 1953 para el sello Curro de Cartagena.
La subregión del Canal del Dique, al norte del departamento de Bolívar y sur del
Atlántico, en el Bajo Magdalena, comprende un extenso caño artificial con 117
kilómetros de longitud, donde ciénagas, esteros, ríos, canales y territorio
rural se funden para comunicar el municipio de Calamar hasta el poblado de
Pasacaballos, en la Bahía de Cartagena de Indias.
En pueblos como Calamar, Mahates, Malagana, Evitar, Soplaviento, Manatí, Arenal,
Luruaco, Santa Lucía, Arroyohondo, Gambote, San Cristóbal, San Pablo y Gamero,
entre muchos, ‘El Son de Negro’ es el patrimonio cultural más importante de esta
región. Consiste en un árbol genealógico donde estilos como ‘son de pajarito’, ‘bulgaria’,
‘chalupa’, ‘maestranza’, ‘congo’, ‘cabildos’, ‘sones de sextetos’, ‘mapalé’,
‘garabato’, ‘puya’, etc., hacen parte de este gran complejo cultural. El formato
típico presenta un tambor alegre, guacharaca larga, tablas, palmas, versos y
coros (escúchese ‘La rama de tamarindo’).
En las estribaciones bajas de los Montes de María, cuya población en su mayoría
pertenece a la etnia negra, las tonadas bases más representativas son los
‘fandangos de lengua’, el ‘bullerengue’, la ‘chalupa’, los ‘cantos de lumbalú’ y
los ‘rosarios cantaos’.
En sitios como Malagana, Evitar, San Cristóbal, San Pablo, Gamero, San Cayetano,
San Antonio, Palo Alto, Marialabaja, San Onofre y el Palenque de San Basilio,
entre otros, sus moradores practican un baile comunal donde resaltan hechos de
la vida cotidiana y creencias religiosas. El bullerengue se ejecuta con un
tambor mayor alegre, conocido también como tambor hembra o quitahambre, un
tambor llamador y palmas, tradicionalmente no se interpreta con tambora. El
lumbalú o baile de muerto es un ritual fúnebre acompañado con tambor llamador y
un tambor pechiche, usualmente durante nueve noches.
Las zonas costeras del Litoral Atlántico medio y sur en los departamentos de
Bolívar, Córdoba, Sucre y áreas circunvecinas de Antioquia, donde predomina la
población mayoritaria de afrodescendientes, el patrón cultural es el ‘bullerengue’.
En lugares como Arbolete, Necoclí, Uré, San Juan de Urabá, Apartadó, Turbo,
Puerto Escondido, Cristo Rey, Mulatos, Moñitos, Chigorodó, Pasacaballos, Barú,
La Boquilla y Bocachica, entre otros, la congregación gira en torno a un grupo
de cantadoras y cantadores (regularmente personas de mayor edad), los cuales con
un tambor alegre al golpe de ‘canteo’, un golpe a contratiempo (segundo y
cuarto) tocados en el tambor llamador o bambuquito con baquetas, la bulla y la
algarabía hacen un encuentro fraterno que ayuda al reencuentro de las
comunidades.
Durante
mucho tiempo, estas costumbres fueron estigmatizadas por sectores de la alta
sociedad y algunos miembros de la Iglesia Católica como ‘Ritos diabólicos’ o
‘prácticas satánicas’, lo cual ha sido un craso error al no comprender y
respetar que desde una perspectiva sociológica y antropológica el legado musical
ribereño ha contribuido al engrandecimiento de la cultura popular Caribe
colombiana.
A pesar de las transformaciones sociales de las últimas décadas, la influencia
de los medios masivos de comunicación ha sido determinante en la divulgación de
las costumbres rurales. Las pocas grabaciones en acetato que se realizaron
anteriormente no reflejan una muestra cercana de las tradiciones, la llegada del
picó contribuyó al decaimiento de las costumbres rurales y marginales, las
difíciles condiciones de comunicación, el poco despliegue periodístico e
investigativo se sumó durante un tiempo al poco conocimiento de esta cultura
anfibia.
Pero, gracias a los festivales, encuentros, concursos, conferencias, talleres,
nuevas grabaciones fonográficas, documentales audiovisuales y escritos
literarios, entre muchos, estas tradiciones se mantienen vigentes y
paulatinamente van tomando posiciones relevantes en el contexto regional y
nacional.
Este bagaje constituye un banco potencial de recursos sonoros inagotable, tanto
que con el auge a comienzos de la década de los años noventa del movimiento
llamado ‘World Music’ se ha despertado en el país un gran interés en las
propuestas musicales urbanas por incluir elementos de las tradiciones
afro-colombianas, debido a que la tendencia de las agrupaciones modernas de
vanguardia (rock, jazz, pop, crossover, orquestas y conjuntos tropicales, etc.)
con nuevas fórmulas de ‘fusión’, pretenden encontrar un sonido que los
identifique con ‘identidad colombiana’.
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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .
(Músico pedagogo)
CONTACTOS: marmusico@hotmail.com - Bogotá Colombia
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