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Estercita Forero

 

Por:  Álvaro Suescún Toledo.

 

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“Todavía en mi tierra surgen Rosas”

 

 

Esthercita Forero es un nombre muy importante en materia de música vernácula del Caribe colombiano. La esencia poética de sus composiciones tiene el más alto significado en la dilatada memoria de nuestras nostalgias, no obstante su apariencia frágil y su bondad superlativa, aspectos que han contribuido a mitificar una circunstancia bastante alejada de su forma de sentir y de dar respuesta a las vicisitudes de su vida, tantas y tan variadas que, conocerlas en detalle, aumentaría aún más el grado de asombro y de cariño que los barranquilleros sentimos por ella y por los actos de su inteligencia.

 

Muchas veces las tempestades del destino dejaron penetrantes cicatrices en su emotividad, debilitándola en extremo, pero el mismo azar objetivo se ha encargado de recompensarla con el infinito amor de su pueblo. Vive el esplendor de un gran cariño que se le tributa por haber llegado, superando muchas dificultades, al pináculo de una dura carrera artística ahora coronada por la fama. Nacida de sencilla condición en el barrio Abajo, sector importante de la vieja Barranquilla cercano al muelle de la intendencia, en donde quedó anclada una incesante ola de inmigrantes que aportaron un poco de lo suyo hasta formar esa expresiva idiosincrasia cultural currambera. Su madre, Josefina Celis, vino joven desde Honda,  puerto ribereño que hacía de tránsito final en la escalada hacía la capital de la República, aquí entregó su amor a un policía, vivieron cerca de la calle Real  que conducía a la plaza de San Nicolás, en sus derredores la ciudad en crecimiento derrochaba el buen gusto y la sana alegría. Un día festivo -que quedó  para siempre fijado en su memoria- doña Josefina se acercó hasta la jaula en la que se  exhibía un pájaro adiestrado para escoger con su pico, de un grupo cerrado y numeroso,  predicciones escritas y guardadas con esmero. Seleccionada por el azar, una esquela de color le anunció que tendría una hija con mucha fama, tal premonición la conservó muchísimo tiempo hasta que se deshizo en la realidad de su acierto.

 

La niñez de Esthercita Forero transcurrió entre permanentes muestras de bondad y los desbordes de fantasía en forma de cuentos y leyendas, mucha imaginación en los  habitantes del pueblo que todavía era la cálida arenosa. Tenía poco más de cuatro  años cuando ya recitaba versos y cantaba las primeras  canciones que su mamá le enseñaba, ella había asimilado el gran amor que sentimos por nuestros carnavales, así que llegadas las fiestas, disfrazó a su pequeña hija y se fueron temprano a la Batalla de Flores  tomando el mejor sitio para ver  el desfile de la reina y sus comparsas,  su madre se distrajo en algún disfraz que llamó su atención y, cuando regresó su mirada a donde debía estar su Esthercita del alma, había desaparecido. Dominando el desespero inició  una  búsqueda incesante entre la multitud hasta dar con un gentío que hacía círculo, en el medio estaba ella, cantando y bailando divertida. No eran, sin embargo, estos  los mejores tiempos. Sin razón alguna su padre las había abandonado y nunca más regresó, desde entonces los  sufrimientos se ensañaron con encono en los días de una niñez triste, sin juguetes, sin una mesa servida, sin el afecto paterno, días duros en medio de los ajetreos de la pobreza. Los recursos apenas alcanzaban para compartir una casa de inquilinatos en la que cada familia habitaba en un cuarto. Cerca de ellas estaba un hombre acucioso, bastante organizado y muy dinámico, cualidades que lo llevaron a ser el representante local de las compañías de arte dramático que llegaban a la ciudad, Pablo Millán se llamaba. Cuando la compañía de zarzuelas de Marina Ughetti necesitó un grupo de niños  para completar el elenco; Pablo le pidió a  doña Josefina  que prestara su hija, así llegó Esthercita a los escenarios. Fue su madrina quien dispuso lo necesario para vestirla con ropa  nueva  y, con gran emoción,  se sentaron en un sector preferencial del Teatro Municipal a ver La danza de los libélulas, antes de su intervención en el coro infantil que marcó su debut en los tablados. Se regó la voz y en adelante sus amigas le pidieron que cantara para sus fiestecitas, o para las veladas de colegios y, poco  después, participó en una obra dramática para niños haciendo el papel estelar de  La Egoísta. De esta manera  ganó con creces el derecho  a ver Rigoletto, con Miguel Fleta como primer actor, los precarios ahorros de su mamá solucionaron el ingreso y estuvieron en los palcos para ver aquella ópera de la que no entendió mucho, pero le validó el sueño de ver al fabuloso intérprete representando magistralmente al duque de Mantúa.

 

Sabiendo que su vida sería el canto, desde muy temprana edad se preparó  para ello. Con esfuerzos doña  Josefina  consiguió matricularla en el Colegio Americano,  captaba las explicaciones y rápidamente las aprendía de memoria, pero las matemáticas distraían sus posibilidades y la maestra le producía una sensación de incertidumbre por no entenderla. Al descubrir que para las clases de lectura y de composición era muy buena, pactó un canje con quienes  eran buenas para los números que se amplió con  facilidad  pues muchas otras niñas le pedían hacer lo mismo y gustosa las complacía, de esa manera afinó el talento en el arte de la improvisación. Para recibir una completa preparación fue, hasta cuando la plata alcanzó, donde Juana Isabel Salcedo para tomar clases de  piano que memorizaba y luego repetía de oído por la carencia de un instrumento para practicar. Después las clases fueron con Catalina González, fue ella quien la invitó al teatro de la Sociedad de Ingenieros y Mecánicos, donde presentaban dominicales actos de cultura, pero aquel día quien debía cantar no llegó. En esos apuros su profesora sugirió, como propuesta salvadora, a la niña prodigio. Al aceptársele subió decidida al escenario mientras el director arreglaba los pormenores del debut, sabía La momia de Tutankamen  un fox-trot de moda, y, sin ensayarlo, salió airosa.

 

Cuando tenía 14 años invitaron a Esthercita a la Escuela Normal para cantar en una de sus veladas,  allá la oyó Rosita Lafaurie, una mezzosoprano con  estudios en la Academia de Milán,  al felicitarla por su actuación le ofreció sin costo clases de vocalización. Con bastante dedicación Rosita comenzó a darle instrucciones para impostar la voz, por esos días se le presentó la gran oportunidad de debutar en los estudios de la Voz de Barranquilla. Acostumbrada como estaba a cantar expandiendo el pecho para hacerse escuchar en los escenarios abiertos, agregó los conocimientos que había adquirido con su maestra. Con el micrófono empezó a oírse la voz extraña y se asustó, nadie le advirtió previamente que no debía amplificar con los pulmones, y sucedió una catástrofe: se distorsionó por momentos su voz, saliendo unos ruidos estridentes y no le quedaron ganas de repetir esa experiencia. Sin embargo una amiga para su cumpleaños  le pidió como regalo una canción en la radio, había estado enferma así que no tuvo que inventar ningún pretexto para no aceptar,  además no era bueno el recuerdo que tenía de la reciente presentación ante micrófonos. La insistencia de su amiga resignó su negativa y al caer la tarde fue a buscar a Juan José Guerrero para que la acompañara con su guitarra.  Escogieron Golondrinas,  un tango de moda y Elías Pellet Buitrago en persona los recibió afectuoso en su estudio de La Voz de Barranquilla.  Esa vez, después de la presentación, hubo una gran cantidad de llamadas telefónicas,  preguntando de quién era esa voz, otros pedían que repitiera su intervención, todos la felicitaban. Fue su primer gran encuentro con el éxito, gustó tanto que Pellet la contrató para cantar en su emisora como artista exclusiva, le dieron dos audiciones semanales, en adelante podría pagar un buen arriendo. Al fin tuvieron un hogar.

 

Recorrió el laberinto de los caños  y  ciénagas en travesías dispersas por el Río Magdalena, desde los 18 años. Quería financiarse un  viaje al exterior, por eso aceptó un empleo como agente viajera de los laboratorios de Walter Carroll, fabricante y distribuidor mayorista de varios artículos de consumo popular. Esthercita alternaba esa representación con su oficio de cantante ejercido a cabalidad en los pueblos ribereños donde había emisora,  así estuvo por dos años viajando en idílicas embarcaciones de vapor, algunas de ellas  mencionados en sus canciones. Después fueron sus giras por todo el país: Bucaramanga, la primera ciudad grande que visitó, luego Bogotá, Medellín, Cali, Manizales, Armenia, Pereira, muchas ciudades del interior, hasta cuando  estuvo segura de sí misma,  entonces se atrevió a ir al exterior.  Con varios éxitos repetidos decidió cruzar la frontera hasta Maracaibo, siguió a Caracas, retornó a Colombia y,  casi de inmediato, organizó un viaje a Panamá, cantando de todo. A lo largo de su vida tuvo grandes personajes de la música a su alrededor, en esta ocasión actuó en Radio Estrella de Panamá con el gran pianista Avelino Muñoz, y cuando fue a Venezuela tuvo el privilegio de la amistad de Elí Saúl Rodríguez y del gran compositor Amilcar Segura. 

 

Con estas iniciales experiencias consideró que estaba preparada para abordar un más ambicioso proyecto, tan solo que sus sospechas no le indicaban cuán extenso sería. Fueron casi diez años de una larga gira internacional que la llevó otra vez  por Venezuela, luego República Dominicana donde compuso el célebre bolero Santo Domingo; en Puerto Rico grabó bajo la dirección orquestal de Rafael Hernández, el más grande compositor de las Antillas quien además se encargó de los arreglos musicales en sus grabaciones; un año estuvo en Cuba y durante varios meses hizo un programa radial de amplia sintonía con Pacho Portuondo; en tres largos años de estadía en Nueva York grabó para Seeco International y otros sellos discográficos no menos famosos, acompañada del maestro cubano René Touzet, gran pianista y excelente amigo, y de los no menos conocidos Frank Grillo, Machito,  Tito Puente,  Mario Bauzá, también grabó  con Maximiliano Sánchez, Bimbi, y su trío Oriental, y con el trío del gran compositor y estupendo intérprete Johny Rodríguez. Después viajó a México, luego Guatemala, Honduras, El Salvador, hasta llegar nuevamente a Panamá, exitosas presentaciones en las que llevó el mensaje de fraterna amistad dando a conocer nuestra música costeña.

 

Trajo de ese largo recorrido influencias palpables en sus canciones grabadas por la Italian Jazz de Guillermo González y la orquesta de Pacho Galán. Poco a poco fue  readaptándose a las cosas nuestras,  hizo El show de Esthercita, espectáculos diarios gratuitos en el radioteatro de La Voz de la Patria de gran sintonía, cuyo interés era el de formar artistas, con sus amigos Felix Chacuto y Aníbal Simonds -Rubén Alonso era el nombre artístico de este gran pianista-. Hizo la Luna de Barranquilla para Turismo Dovel, se integró al espectáculo del ballet de Sonia Osorio haciendo la música, ella logró el éxito internacional de Mohana y La Embrujá, con fuerte acento negrista, compuso canciones para Aníbal Velásquez, Alfredo Gutiérrez, Matilde Díaz, Joe Arroyo, Gabriel Rumba Romero, Nelson Henríquez; solicitaban su música las orquestas de Pacho Galán, de Pete Vicentini, de Clímaco Sarmiento, de Juancho Piña,  de Cesar Pompeyo, Eduardo Jinete con  su orquesta La Renovación de Colombia, La Fusión, Los Inolvidables, Los Rivales, de Venezuela grabaron sus temas Billo Frometa cantando Cheo García, Emilita Dago con  Los Melódicos, Orlando y su Combo, Chucho Sanoja, el Trío la Rosa; de Guatemala Mardoqueo Girón; de Santo Domingo Los Vecinos,  y muchos otros.

 

Un acontecimiento imprevisto, doloroso, interrumpió su actividad en el instante más febril: en el 68 murió asesinado su hijo Iván. Se refugió en el dolor,  retirada de todo no quiso saber más nada de la vida artística, fueron muchos años, seis tal vez, creyó que no iba a volver. Pero en el barrio Abajo  se sentía a su gusto, entre su gente, el ambiente, la brisa, esas emociones le regresaron el deseo por hacer música.  Entonces participó y ganó en el festival de la canción de Villavicencio,  luego Nelson Henríquez le solicitó una canción para agradecer lo mucho que le debía a nuestra ciudad, compuso Mi Vieja Barranquilla  acumulando todas las nostalgias que tenía guardadas desde los tiempos del exilio. Por esos días alguien en la radio repetidamente decía que en Barranquilla no existía civismo ni amor por esta tierra,  y la gente lo aceptaba. A manera de respuesta, para rescatar las nostalgias por la ciudad que fue paradigma, se las ingenió para hacerle un homenaje sentimental dejando su testimonio de amor escrito en diez canciones  para un LP, entre ellas El Caño de la ahuyama, Los Barcos del Magdalena, Tierra Barranquillera, Sin lugar en el cumbión, El Bautizo y Como aquellas abuelas. A partir de entonces la ciudad le abrió su corazón sin que ganara nada diferente al amor y el reconocimiento.

 

Bastante difusión ha tenido su interés por el hermoso espectáculo que es el desfile de La Guacherna, su empecinamiento lo hizo posible. Después de 14 años de insistencia, la Junta del Carnaval lo incorporó en 1974 a la programación oficial convirtiéndose en uno de sus más importantes eventos,  también es suya la versión musical interpretada por Milly  Quezada con  Los Vecinos que alcanzó altos niveles de popularidad en todo el mundo. De más reciente data es el CD Su voz y sus canciones que contiene temas de gran impacto como Carnavalero, Palito de matarratón, Barranquilla en diciembre, Le voy a pedir al cantor, Barranquilla me llama, Niño marino y Cuando suena la cumbia. Hoy, en sus más recientes composiciones, la poesía ha sentado sus reales, ahora le imprime una mayor fuerza desde el alma coincidiendo con los mandamientos del espíritu:  “ .. por que soy artista transito caminos  de azules distancias y en mis soledades me invento lugares de apacible calma ”, afirma, para explicar con música las profundas razones de sus textos de alto contenido filosófico, construidos con paciencia, al mejor estilo literario: “.. si fui feliz o no lo fui, qué importa si viví junto al llanto o la alegría, yo solo se que marcharé tranquila y nadie ha de saber cuál fue mi vida..”, su contenido  nos hace pensar en un ajuste de cuentas, metafísicas y materiales , con el pasado, como cuando pide que no se debe llevar música a su tumba,  así esta sea la más sentimental. Esthercita ha leído mucho y analizado con detenimiento acerca de la vida después de la muerte, concluyendo que es un desprendimiento de los lazos que nos unen con la tierra, por eso nos anticipa que quiere un gran silencio, que repiquen únicamente las campanitas curramberas  silenciadas hoy en las iglesias, que suenen ese día unas veces alegres, otras lenta y suavemente, a manera de despedida, con muchas oraciones sí, para acompañarla en su deseo de ir hacia el Señor, feliz,  tranquila, serenamente.

 

 

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MANUEL ANTONIO RODRÍGUEZ A .

(Músico pedagogo)

CONTACTOS:  marmusico@hotmail.com  -  Bogotá   Colombia

www.musicalafrolatino.com  

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